Zarzoso, a pesar de sus preocupaciones, miraba con creciente curiosidad a aquella mujer original, extraña e incoherente, que interpolaba los más sucios y canallescos vocablos en un elegante lenguaje que parecía de una actriz de la Comedia Francesa, y que, estrambótica en todo, ponía a su perro el nombre del misterioso personaje submarino imaginado por Julio Verne.

Judith afectaba no fijarse en Zarzoso, y continuaba su conversación con Agramunt, el cual, dominado por cierta curiosidad, seguía preguntándole:

—¿Y ahora estás con Luigi, el modelo italiano?

Esta pregunta pareció contrariar a la joven; pero se repuso y contestó con resolución:

—Con ése, siempre. Es otra de mis debilidades. Cuando nadie me quiere, voy a buscarle. Pero ahora no estoy con él.

—¿Y qué hacías ante ese escaparate?

—Nada, me distraía. No sé dónde ir. Te digo que empiezo a encontrar ya insulso este barrio, y si supiera dónde existe una población en que pueda una divertirse más que en París, allá me iría inmediatamente. Estoy aburrida de la vida, y el día menos pensado me arrojo al Sena.

—¿Por tercera vez?—dijo con acento burlesco Agramunt.

—No, por cuarta—contestó con gravedad Judith—. Figuro ya por tres veces en el registro de la Policía como salvada por esos cochinos que se arrojan al río para ganar la prima de veinticinco francos e impedir que una mujer se ahogue cuando le dé la gana... Sólo que entonces—añadió con expresión melancólica—era yo tan imbécil que intentaba suicidarme por amor, enloquecida con las perrerías que hacían mis amantes. ¡Qué tiempo aquél, tan feliz y tan estúpido! Ahora que voy siendo vieja, pues tengo veintidós años, mi paladar está tan gastado, que ya no encuentro nada que me interese. Podría rodar de brazo en brazo por entre todos los muchachos del barrio, sin encontrar uno que lograse conmoverme.

—¿Y yo?—dijo enfáticamente Agramunt, estirándose el chaleco.