—¡Bah!... ¡Tú! Ni me acuerdo de cómo te conocí. Eres un buen muchacho, pero todos sois iguales. Adoráis por egoísmo una sola noche, y después..., muchas gracias, si os dignáis conocerla a una en la calle. Yo no soy de las que me hago ilusiones ni creo en la felicidad del porvenir. He tenido amantes a docenas; he perdido la cuenta de las camas en que he dormido; en casi todos los hoteles del barrio he dispuesto de un adorador; he tenido a la otra orilla del río hotel y criados; por mí se batieron dos imbéciles americanos que no llegaron a comprender que de ambos me reía; ahí enfrente, en el Luxemburgo, en las tardes de concierto, le han hecho estruendosas ovaciones a Judith la rubia, faltando poco para que la llevasen en triunfo; sé cómo hacen el amor los hombres de casi todos los países; tuve un amante negro que era príncipe heredero en Africa; en cierta época, un vizconde me ponía las medias por la mañana, y un duque viejo me pagaba una suntuosa habitación, con doncella de servicio y groom, sólo porque le consintiera ciertas porquerías que me hacían reír; han hablado de mí los periódicos, y hay un libro muy leído que trata de mujeres galantes que lleva mi retrato y mi biografía; y, sin embargo, tengo la seguridad de que el día en que sea vieja, dentro de unos cuantos años, y tenga que vender periódicos en el bulevar, como otras muchas que en su juventud fueron tanto o más que yo, ninguno de vosotros vendrá a darme un sueldo, y hasta tal vez os deis el gustazo de saludarme con la punte del pie como a un perro sarnoso. ¡Ah, cochina vida! ¡Qué harta estoy de ti! Antes que se acabe mi belleza y se vuelvan blancos estos cabellos rubios, a los cuales les han dedicado resmas de sonetos los muchachos del barrio, le doy vuelta a la llave de la estufa de mi casa, tapo bien las rendijas de la puerta y me muero por asfixia. Lo único que me detiene es que así mueren la mayor parte de las heroínas de folletín, y a mí me parece muy burgués eso de imitar a los demás.

Zarzoso oía con asombro a aquella joven hermosa, y en apariencia feliz, que hablaba con tanta tranquilidad de su sombrío porvenir y demostraba conocer exactamente su actual situación. Oír a Judith era ser arrastrado por un torbellino loco e ir saltando de sorpresa en sorpresa.

Agramunt no se inmutaba y seguía contemplando a la rubia con cínica sonrisa. Demostraba estar acostumbrado a los caprichos melancólicos de aquella mujer extraordinaria.

—Estás esta noche muy fúnebre—dijo a la joven—. ¿Es que acaso sientes próximo uno de esos ataques de nervios que te convierten en una loca?

—¡Bah! Déjate de tonterías. Estoy triste y nada más. Esta mañana me he peleado con Luigi y aún me dura la excitación. Pero bien mirado, soy una tonta al decir todas estas cosas, pues a nadie le importan mis penas.

Y cambiando rápidamente, su fisonomía volvió a adquirir su sonrisa petulante, insolente y protectora.

—¡Qué! ¿Adónde vais esta noche?

—Yo, a Bullier, hija mía. Supongo que tú también irás al baile.

—¿Y este señor que tan silencioso está?

Y al decir esto, la hermosa rubia se fijó en Zarzoso, al cual hasta entonces había afectado no ver.