—¡Calle! ¡Yo creo haber visto a este caballero alguna vez! ¡Ah, sí! Fué hace poco rato, en el hotel de la plaza del Pantheón, donde entré a hacer una pregunta. Di, tú, furibundo descamisado, ¿este señor es amigo tuyo? ¿Es español también?
Agramunt, aludido de este modo, creyó del caso dar a conocer a su amigo, y con exagerada y cómica expresión de gravedad presentó a Judith al joven doctor Zarzoso, lumbrera científica de la escuela de Madrid, y que en la actualidad vivía en París para perfeccionar sus estudios al lado de los más famosos sabios.
Judith, mientras escuchaba la hipérbole de aquel tronera de Agramunt, sonreía a Zarzoso, envolviéndole en una mirada protectora que tenía una expresión casi maternal.
—¡Ah! ¡El señor es médico! Lo celebro mucho. A mí me han gustado bastante los médicos; tuve un amante que lo era.
—Sí, conozco la historia—dijo Agramunt—; aquél que conociste en el Hôtel-Dieu, cuando intentaste envenenarte.
—¡Bah! No hablemos de cosas tristes. ¿Ibas a alguna parte?... ¿Dices que al café de Cluny? Pues vamos allá. Es un café que no me place, pues sólo van a él burgueses y viejos imbéciles. No es chic el tal establecimiento; pero, en fin, nunca viene mal en medio de las locuras del barrio darse cierto barniz de seriedad.
Los tres emprendieron la marcha boulevard abajo; pero a los pocos pasos se detuvo ella y dijo con gravedad, afectando los ademanes de una persona sesuda:
—Mirad, hijos míos. Pasamos la noche juntos hasta la hora de retirarse; pero nada de locuras, ¿eh? Mucha seriedad, que es lo que da distinción a una persona. Iremos al café y después al baile con toda la prosopopeya y la sensatez de una familia burguesa. Yo seré la mamá y vosotros los niños. Andad, pues, hijos míos.
Agramunt reía como un loco. ¡Oh! ¡Qué gracia tenía aquello!
—¡Mamá! ¡Mamá mía!—dijo dando saltos como un niño en torno de la hermosa rubia, y le plantó un sonoro beso en los labios enrojecidos por el bermellón.