Zarzoso y Agramunt hicieron subir en su berlina al desconsolado Perico, y fueron todo el camino sin despegar los labios.

Una vez enterrado el pobre don Esteban, cuya muerte había aproximado a los dos huéspedes del hotel de la plaza del Pantheón, la antigua frialdad había vuelto a separarlos. Existía entre los dos el vicioso cuerpo de Judith, que impedía el renacimiento de aquella franca amistad que tan felices les había hecho.

Al llegar el carruaje al bulevard Saint-Germain era ya de noche.

Agramunt iba a la calle del Sena con Perico, para hablar los dos solos sobre el porvenir de éste y hacer un inventario de lo que dejaba don Esteban.

Zarzoso, comprendiendo que estorbaba con su presencia a aquellos dos hombres, y ofendido por la frialdad que le mostraba Agramunt, se apresuró a echar pie a tierra, y abriendo su paraguas, pues la lluvia arreciaba conforme iba avanzando la noche, se metió por la calle de la Escuela de Medicina con dirección a su hotel, donde ya Judith le estaba aguardando impaciente.

X

Se aclara el misterio.

Al entrar Zarzoso en su hotel y pasar frente a la portería, lanzó una mirada distraída al casillero donde se depositaba la correspondencia para los huéspedes, e inmediatamente experimentó una ruda impresión de sorpresa.

En la casilla marcada con el número de su cuarto, sobre la obscura madera destacábase el blanco sobre de una carta que inmediatamente hirió los ojos del joven médico.

El portero, que lo había visto a través de los cristales, salió apresuradamente y entregó la carta a Zarzoso, que permanecía sorprendido al pie de la escalera.