El joven sintió en su interior aquella emoción nerviosa que le hacía perorar en los meetings de España y ser aplaudido; experimentó la necesidad de hablar, de decir algo, sin fijarse en lo reducido del auditorio, pues a estar solo lo mismo hubiese hablado dirigiéndose a los árboles, a las cruces y a los sepultureros.
Ya que en la muerte de aquel héroe desgraciado, de aquel caído campeón de una causa que era la del porvenir, no había descargas de honor, ni músicas, ni cantos, al menos que sobre su féretro sonasen algunas palabras españolas pronunciadas por una voz amiga y que hiciesen justicia al mérito del difunto, despidiéndole al borde de la tumba, con la seguridad de que el porvenir le haría justicia y de que sus esfuerzos no serían infructuosos, a pesar de que ahora parecían caídos en el vacío.
El joven, ensimismado, dominado por los pensamientos que fluían a su cerebro, con la impasibilidad de un sonámbulo, subió sobre un montón de tierra, en la que asomaban algunos huesos su blanca desnudez, y con la cabeza descubierta, sin fijarse en la lluvia que le empapaba, pronunció un corto discurso, con una elocuencia espontánea y conmovedora que salía del alma. Al principio le oyeron con extrañeza aquellos hombres que se agrupaban en torno del féretro; pero, poco a poco, les impresionó la temblorosa voz del joven, y a los ojos de algunos hasta asomaron las lágrimas.
Agramunt hablaba a un público que era el único que podía realmente comprenderle; cada una de sus palabras causaba hondo eco en aquellos corazones, y al describir la ingratitud de la patria, la cruel indiferencia del pueblo español, que dejaba morir en oscura y mísera emigración a los que habían expuesto su vida y sacrificado su reposo por defender la dignidad nacional, la libertad y la moralidad política, todos ellos se agitaron con nervioso movimiento, y con sus gestos parecían decir:
—Es verdad; moriremos aquí porque el pueblo es un ingrato y olvida a los que le han defendido.
Y después, cuando Agramunt trazó con arrebatadora palabra el cuadro del porvenir, cuando habló de la revolución que se acercaba a pasos de gigante, del próximo triunfo y del esplendor de la futura República, todos los rostros se animaron; las ilusiones, aquellas malditas ilusiones que los habían arrastrado a la desgracia y la miseria en el extranjero suelo, volvieron a renacer más fuertes y vigorosas que nunca, y todos miraban ya el triunfo como un suceso del día siguiente, como cosa segura, que forzosamente había de ocurrir en plazo breve, aunque los hombres no quisieran y por una ley fatal de la Historia.
Aquel grupo de infortunados llenos de fe y de esperanza, estaban entusiasmados al pronunciar Agramunt las últimas palabras, y cuando éste terminó despidiéndose del campeón caído que estaba en el féretro, con un ¡viva la República!, todos contestaron al unísono, con voz que era grave y sombría, en atención al lugar donde se hallaban.
El ataúd fué descendido a la fosa y uno tras otro fueron todos los acompañantes arrojando sobre él una paletada de tierra y estrechando la mano de Perico, que lloraba al despedirse definitivamente de su amo, y que estaba conmovido por el discurso de Agramunt.
El regreso a París fué más triste aún que la marcha al cementerio.
Los individuos del cortejo, una vez desvanecida la impresión que les había causado el discurso, entablaron en el interior de los dos ómnibus violentas discusiones sobre el porvenir o se enzarzaron en la apreciación de hechos pasados, hasta el punto de levantar la voz, no importándoles dejar al descubierto sus malas pasiones, y mostrando sus envidias o sus rencores, sin acordarse de que habían ido a enterrar a un amigo y que demostraban haberlo ya olvidado. En cuanto entraron en la gran ciudad, se separaron casi sin saludarse y cada uno se fué por su lado, para no verse más hasta que la muerte de cualquiera de ellos volviera a reunirlos.