El editor había comprado para el cadáver de don Esteban una sepultura en el suelo por cinco años, y el féretro, en hombros de los sepultureros, comenzó a avanzar por las espaciosas y frías avenidas hacia el extremo donde descansaban los cadáveres ambiguos de los que, por su posición social, si tenían dinero para librarse de ir a la fosa común, no poseían el suficiente para dormir eternamente en las sepulturas a perpetuidad, reservadas a la gente rica.
El cementerio de Bagnieres es un cementerio moderno, democrático, con las avenidas tiradas a cordel, una vegetación raquítica y enana, y todo el aspecto de un horrible tablero de ajedrez. No hay panteones, mármoles artísticos ni umbrías solitarias y románticas como las de las tumbas descritas en las novelas. Es un cementerio moderno de la gran ciudad, e imita por completo las costumbres de ese gran París, cuyos hijos se traga.
En él se duerme el sueño de la muerte tan aprisa como se vive en la metrópoli: las tumbas, en su mayoría, sólo son compradas por cierto número de años no muy grande; el tiempo necesario para que la carne se disuelva, los huesos queden pelados y blancos, y la tierra se beba los jugos de la vida; e inmediatamente las tumbas son removidas, los despojos van a un rincón, el terreno es alisado y arreglado y... ¡venga más gente!
El féretro de Alvarez tenía que atravesar todo el cementerio, y mientras el pequeño cortejo seguía por aquellas avenidas de acacias raquíticas y enfermizos rosales, que apenas levantaban un palmo del suelo, Agramunt iba fijándose en los campos plantados de cruces y cubiertos de coronas que en su mayoría eran de perlas de vidrio, género de pacotilla, que por su baratura es de moda en París para los desahogos fúnebres de dolor más o menos auténtico.
Por todas partes se veían coronas, y a la luz gris e indecisa de aquel crepúsculo lluvioso, parecía el fúnebre campo cubierto por cristalizado rocío.
Detúvose el cortejo ante una gran fosa abierta en un espacio libre de cruces y de coronas.
Aquellas dos docenas de hombres se detuvieron y agruparon en torno del féretro que estaba ya en tierra, mirándose con cierta complacencia y como satisfechos de que la ceremonia fuera a terminar.
Les resultaba ya pesado aquel entierro, que duraba más de una hora, y les obligaba a ir pisando barro, recibiendo en sus espaldas una lluvia sutil y traidora que les empapaba las ropas.
Agramunt, al borde de la abierta fosa, experimentaba una tristeza inmensa.
¿Iba a salir del mundo de los vivos tan fría e indiferentemente aquel amigo a quien consideraba como un héroe?