Era el primer día que el antiguo asistente de don Esteban Alvarez se sentía un tanto alegre después de la muerte de la condesa de Baselga, ocurrida ocho meses antes.

Esta desgracia le había sumido en una melancolía horrible, y cuando volvió del cementerio, después que el féretro fué sepultado en el panteón de los Baselgas, aquel pobre hombre se juzgó ya solo en el mundo y sin un ser que le conociese.

El cuidado de la infeliz enferma fué su última ocupación grata; después de esto, su corazón quedaba muerto, y cayendo en una espantosa misantropía, el infeliz se creyó en un desierto, donde era imposible que encontrase más seres que excitasen su cariño y que no correspondieran a su afecto con una terrible indiferencia.

La indignación que había mostrado junto al cadáver todavía caliente de María, y las sordas amenazas que profirió contra la baronesa y Ordóñez, hicieron que el mismo día del entierro fuese despedido de la casa.

El pobre Pedro vivió miserablemente con sus escasos ahorros durante un par de meses, y al fin pudo encontrar una colocación modesta, que apenas si le daba para comer.

Aquel hombre sencillo y leal, al considerarse tan completamente solo en el mundo, acogía la vida como una carga pesada que había de sobrellevar forzosamente.

No podía acostumbrarse a vivir en tan completa soledad, pues hacía ya muchos años que su existencia se deslizaba siempre al lado de un ser querido. Primero tenía a don Esteban Alvarez, que era el objeto de todas sus atenciones; después le habían ocupado los cuidados que debía dedicar a aquella infeliz joven, cuyo organismo estaba minado por la tisis; y ahora, al contemplarse sólo, sin otra ocupación que la de ganarse el pan, y arrojado en el seno de una sociedad indiferente, el desgraciado Pedro, a pesar de que gozaba de absoluta libertad, se creía aún en la época de su juventud, en que, por salvar a su amo, fué herido, hecho prisionero y conducido a Ceuta, donde se vió en absoluto aislamiento.

El antiguo asistente tuvo noticia de cuanto ocurrió en la familia a quien servía después de la muerte de la condesa.

La baronesa de Carrillo, que heredó toda la fortuna de su sobrina, habíala cedido a los padres jesuítas, quienes se apresuraron a vender el hotel del paseo de la Castellana y los demás inmuebles de que constaba la herencia, y a realizar los títulos que representaban el resto de aquel respetable capital.

Doña Fernanda, limitada a la pequeña fortuna que había heredado de su madre, la intrigante Pepita Carrillo, y que era suficiente para sus modestas necesidades, dedicábase ahora con más entusiasmo que nunca a su propaganda devota, y pasaba la mayor parte del año fuera de Madrid, visitando conventos y organizando en provincias cofradías de damas aristocráticas.