En cuanto a Ordóñez, sin otro auxilio ya que la protección del padre Tomás, hacía su vida de soltero y ocupaba un lindo entresuelo, gastando con la prodigalidad de siempre el producto de lo que había podido sustraer a la voracidad de los jesuítas, así como lo que le proporcionaba su antiguo crédito, pues no había perdido la costumbre de contraer deudas.
Pensando en la rapidez con que se había deshecho tan grande fortuna entre las manos de los jesuítas, subía Pedro la calle de Alcalá, con paso lento, pues aún le quedaba tiempo para acudir a su cita.
Dos días antes había experimentado una inmensa alegría, que rompió la abrumante soledad que le rodeaba, demostrándole que aún quedaban en el mundo seres que le reconocían y que le daban el título de amigo. A la puerta de un café le detuvo un caballero joven, echándole los brazos al cuello y celebrando con ruidosas carcajadas el inesperado encuentro.
Era Agramunt, el revolucionario Agramunt, que había regresado a España en virtud de una ley de amnistía que acababa de dar el Gobierno, y que antes de volver a Barcelona deteníase en Madrid algunos días para cumplir ciertos encargos políticos.
Aquellos antiguos amigos, que tantas cosas tenían que contarse, pasaron horas muy felices recordando el pasado, y apenas terminaban sus ocupaciones iban a buscarse inmediatamente para pasar la noche juntos, hablando de Zarzoso, de Alvarez, de su desgraciada hija, y de todas cuantas personas conocían, aunque sólo fuera de oídas, por haber intervenido ellas en tan triste historia.
Como Agramunt tenía dinero, convidaba generosamente a su antiguo amigo, y aquella tarde Pedro iba en su busca para dar un paseo juntos, antes de ir a comer a Fornos.
En la esquina del Suizo se encontraron los dos amigos, y cogiéndose familiarmente del brazo, emprendieron la marcha hacia el Retiro.
A los pocos pasos llamóles la atención un hombre de aspecto elegante, que pasó galopando sobre un hermoso caballo inglés, y mirando a todas partes con expresión de superioridad insolente y desdeñosa.
—Mire usted, Agramunt—dijo Pedro tocando con el codo a su amigo—. ¿No quería usted conocer a Ordóñez? Pues, ése es.
—¡Ah, bandido!—exclamó el joven escritor con amargura—. Ahí va orgulloso como un rey, saludando a las gentes, que se apresuran a contestarle, y, sin embargo, muchos asesinos mueren en el patíbulo con menos causa que él. ¡Qué sociedad ésta!