Los dos amigos, al llegar frente a la iglesia de San José, se detuvieron, pues Pedro, que tenía muy buena vista, señalaba con un gesto a una señora vestida de negro, que, bajando de una modesta berlina, se disponía a entrar en el templo.

—Aquélla es la baronesa. Es tan mala como ese Ordóñez; pero, al menos, por pudor, sabe fingir y aún lleva luto por la muerte de su sobrina. No es como el botarate del marido, que un mes después de fallecer la condesa, ya se presentaba en público, divirtiéndose sin escrúpulo alguno y haciendo el amor a cuantas mujeres le gustaban. A pesar de esto, si me diesen a escoger entre la baronesa y el sobrino...

—No te quedarías con ninguno—interrumpió Agramunt—; y comprendo que tal hicieras, pues la vieja debe ser más terrible que el botarate de Ordóñez, porque, según tengo entendido, ella es la mejor agente que tienen los jesuítas.

Los dos amigos estaban de espaldas a la acera, y al volverse rápidamente, tropezaron con un anciano que, con el sombrero de copa hundido hasta las cejas, la cabeza baja, moviendo el bastón de un modo extravagante y murmurando incoherentes palabras, marchaba con lento paso.

El viejo contestó con un gruñido feroz y una mirada irritada al empujón de aquellos dos hombres, y siguió su camino lentamente, mientras que Pedro se estremecía diciendo al oído de su amigo con voz ansiosa:

—Mírele usted bien. ¿Le conoce?, ¿le conoce?

—¿Quién es?—contestó con extrañeza Agramunt.

—El viejo doctor Zarzoso; el tío de nuestro desgraciado amigo don Juan.

—Hablémosle. Tal vez se alegre ese pobre viejo de conocer a quien fué tan amigo de su sobrino.

—No—contestó Pedro con acento triste—. Tal vez nos arrepentiríamos de revivir en el anciano penosos recuerdos. El pobre doctor, desde aquella mañana en que le llevaron a su casa el cuerpo de su sobrino asesinado por Ordóñez, perdió casi por completo la razón, y si en la actualidad no le tienen encerrado en el mismo manicomio que él fundó, es porque su locura es pacífica y no da a nadie el menor motivo de queja. Va por todas partes lo mismo que usted lo ve ahora, y si alguien le habla, él contesta incoherentemente; su manía es que las leyes deben reformarse y que es un absurdo que la sociedad, mientras castiga al hombre de blusa que ebrio y rabioso mata a la puerta de una taberna, tiende su mano protectora sobre el hombre distinguido que ante cuatro amigos atraviesa de una estocada a un semejante.