—Pues no discurre mal el viejo doctor—dijo Agramunt—. Me parece que él es cuerdo, y que los locos son los que se burlan de sus palabras.

—Ha perdido por completo la memoria—continuó Pedro—. Cuando le hablan de su sobrino escucha con gran extrañeza, y en vez de contestar ríe de un modo que causa miedo. ¡Ay, amigo Agramunt! ¡Si usted viera qué pena causa en todos los que tratan al doctor ese estado de imbecilidad en que ha caído, un hombre tan sabio e ilustre!...

Los dos amigos permanecieron inmóviles durante mucho rato, siguiendo con la vista al pobre loco que se alejaba lentamente, y cuando éste se confundió con los demás transeúntes, ellos volvieron a emprender la marcha, cabizbajos y visiblemente emocionados por aquel doloroso encuentro.

Agramunt pensaba en las crueldades de la fatalidad que ocasiona a los humanos tan terribles tristezas.

Estaban ya frente al ministerio de la Guerra y junto al palacio del Banco de España, todavía en construcción, cuando les hizo detener el paso un grupo de curiosos, en el centro del cual se movían los kepis de los guardias de Orden público.

—¿Qué es eso?—preguntó Agramunt a su compañero, que se había adelantado para enterarse de lo que ocurría.

—Poca cosa. Han prendido a un ladrón que intentaba robarle el reloj a un caballero; ahora lo están atando... ¡Ya se lo llevan!

Y abriéndose el curioso grupo, apareció un hombre mal vestido, pálido, con el pelo pegado a la frente por el sudor, y con todas las señales de haberse resistido fieramente antes de entregarse en manos de la Policía. Llevaba los brazos atados por detrás, y los guardias, enfurecidos sin duda por la anterior resistencia, le empujaban rudamente.

Aquella escena vino a aumentar aun la triste impresión que experimentaban los dos amigos, y doblando la esquina entraron en el Prado, al mismo tiempo que, viniendo en dirección contraria, se cruzaban con ellos dos sacerdotes: uno joven y de rostro insignificante que miraba humildemente al suelo, y otro que iba a su derecha, viejo, erguido y fijando en todos los transeúntes sus ojos curiosos e investigadores.

—¡Vive Dios!—exclamó Pedro—. Esta tarde abundan los encuentros. Ahí tiene usted al padre Tomás Ferrari.