Agramunt contempló con curiosidad no exenta de ira al viejo jesuíta, que se alejaba majestuosamente, convencido de su inmenso poder, y contestando con sonrisas protectoras a los saludos respetuosos que le dirigían algunos transeúntes.

Agramunt sonreía con amargura, avanzando con su amigo por el centro del Prado.

—Ahí tienes lo que es el mundo, amigo Pedro. La sociedad acosa como a una fiera al ladrón que roba un reloj, tal vez por hambre, y en cambio saluda y presta homenaje a otro ladrón, que ha estado preparando un robo de millones durante muchos años, y que para realizar su plan no ha vacilado en premeditar asesinatos y en realizarlos con irritante alevosía.

El joven dió algunos pasos, sumido en el silencio propio de un hombre que reflexiona, y añadió después:

—Verdaderamente resultan admirables, por lo grandes, esos bandidos negros. ¡Qué sublimidad para el mal tiene el jesuitismo! Para los obreros de la sagrada Compañía la palabra imposible carece de sentido. El desaliento es cosa desconocida entre ellos, y con tal de realizar sus planes a la sordina y sin escándalo, disponen de los años y de los siglos con la misma indiferencia que nosotros disponemos de los minutos. Su fuerza es siempre igual, y si cae uno en sus filas, no tarda en ocupar otro su puesto. El mundo está en peligro: la libertad y el progreso serán palabras vanas que representarán cosas inestable mientras siga en pie esa sombría institución que dispone de los primeros tesoros del mundo, aumentándolos cada vez más, y de hombres sumisos e inconscientes que se mueven como máquinas y marchan rectamente a su fin, seguros de que a la corta o la larga han de lograr su objeto. La tiranía imperante los protege; no contentos con disponer de las clases privilegiadas, intentan hoy seducir al pueblo, y si esto continúa por algunos años, llegará el momento en que la libertad caerá anonadada, y cual otro Juliano “el Apóstata”, dirá con desaliento al hombre que en la historia simboliza la reacción: “¡Venciste, Loyola!”

Calló el escritor, y agarrando de un brazo a su amigo, detúvose sin darse cuenta exacta de lo que hacía.

Sus ojos, con cierta expresión propia de un inspirado, miraron al horizonte cubierto de vapores, que adquirían un tinto rojo, bañados por los últimos rayos del sol.

Aquel resplandor de incendio de que parecía empapado el horizonte, entusiasmó al revolucionario.

—Mira, Pedro, mira bien. Ese incendio del cielo es la imagen del porvenir. El fuego todo lo purifica, y en la actualidad resulta el único remedio. Sé muy bien que Torquemada sentía estas ideas y las aplicaba en favor de la reacción. Pues bien, el mundo necesita hoy un Torquemada en sentido inverso, que queme al presente, no en nombre del pasado, sino en el del porvenir. Mira bien, ¡qué alegre resplandor! Un fuego que todo lo devore, una inquisición que respete a las personas, pero que convierta en cenizas todas las instituciones del presente... ¡he ahí el más bello porvenir para la Humanidad!

Y el joven revolucionario, como si le asaltase la idea de que aún estaba lejos aquella solución anhelada y esto despertase su ira, cerró los puños convulsivamente y miró otra vez al cielo, murmurando con voz anhelante, como si hablase con un ser invisible: