—¡Hola, perdido!—le dijo con benevolencia—. Por fin te has decidido a venir, abandonando ese maldito sport, que ha de ser tu ruina. ¿No has sabido la peligrosa enfermedad de tu hijo?

—Sí; un día antes de recibir el telegrama de usted, me telegrafió María, y yo me disponía ya a venir, cuando recibí la orden de vuestra paternidad, que sirvió para acelerar aún más mi marcha.

Ordóñez mentía, pues la enfermedad de su hijo, aunque le causó cierta impresión, no le había decidido a regresar rápidamente a Madrid. Al recibir el telegrama de María le quedaba todavía algún dinero, y confiaba desquitarse en las carreras que aún habían de verificarse.

—¡Bah!—se dijo el amable vividor, al recibir el aviso de su desolada esposa—. Porque yo vaya allá, Paquito no se pondrá mejor; además, las madres exageran siempre mucho. Esto no pasará de ser una enfermedad propia de la niñez y que todos hemos sufrido; el sarampión, por ejemplo. La semana que viene me iré.

Y Ordóñez se olvidó por completo de su hijo, lo que no impedía que ahora, en presencia de su terrible protector, se esforzase en demostrar que le había herido en el alma la noticia de la enfermedad del niño, y que experimentó una alegría inmensa a su llegada, al saber que Paquito estaba ya fuera de peligro.

—Vaya, no te esfuerces tanto en demostrarme lo que no sientes—dijo el jesuíta, que conocía bien a su discípulo—. No niego que querrás a tu hijo, pero estoy convencido de que entre él y el Gladiateur, el Vincitor o cualquier otro caballejo de esos que corren en las carreras, te vas con los últimos.

—¡Oh, padre Tomás! ¡Qué bromas tiene usted!

—Vamos a ver. ¿Cómo te ha ido en las carreras?

Ordóñez se animó con esta pregunta. Antes de entrar en aquel despacho estaba muy preocupado buscando el medio de abordar al jesuíta para suplicarle que le librase de tan afrentosas deudas; y ahora, he aquí que era el mismo padre Tomás quien, inesperadamente, le ponía en camino de hacer la petición.

El aristocrático calavera adoptó un gesto de compunción y murmuró: