—Mal, muy mal, reverendo padre. He sido muy desgraciado, y la fortuna se ha burlado de mí todo lo que ha querido. No sólo perdí cuanto dinero llevaba, sino que, además, he contraído algunas deudas con mis amigos del Gentleman-Club, de Londres. Esto es terrible; deudas que no pueden ser más sagradas y que hay que pagar apenas llega uno a su casa, así tenga que vender hasta su última camisa.

Ordóñez se detuvo, pues como era costumbre siempre que le iba con tales demandas al jesuíta, éste ponía la cara fosca, preparándose a anonadarle con un terrible sermón; pero, con gran sorpresa del calavera, el padre Tomás no sólo permaneció impasible, sino que hasta le pareció a él que por sus labios vagaba una tenue sonrisa.

Buen signo era aquel. Ordóñez sintió renacer su ánimo, y su osadía aún fué en aumento, cuando el jesuíta, sin hacer comentario alguno, le preguntó sencillamente:

—¿Y cuánto es lo que debes?

—Veinte mil duros—contestó sin vacilar Ordóñez y sin importarle mentir otra vez.

Veía tan bien dispuesto al padre Tomás y tan animado por una inesperada benevolencia, que juzgó muy prudente el aprovecharse de la ocasión para adquirir dinero. El jesuíta, al conocer la cantidad, hizo un gesto de desagrado, y Ordóñez creyó que, en vez de pagar sus deudas, lo que iba a hacer el jesuíta era dirigirle uno de sus terribles sermones; pero pronto se tranquilizó al oírle hablar.

—Mucho dinero es ése, y de seguro que, a seguir en tu desordenada vida, pronto serán insuficientes para tus gastos las cuantiosas rentas de tu mujer.

Pero el padre Tomás pareció arrepentirse del tono con que hablaba a Ordóñez, y añadió después benévolamente:

—Pero, en fin, hijo mío, ya que has contraído tales deudas, preciso es pagarlas, y no seré yo quien me oponga a ello. Al hacer aquel trato que tú recordarás, te prometí mi consentimiento para que gastases cuanto quisieras de las rentas de tu esposa, y no he de faltar a mi palabra, a pesar de que noto que abusas demasiado de mi permiso. Mañana mismo hablaré con el administrador de tu esposa, y aunque creo que no anda muy sobrado de fondos, arreglaremos el asunto para que tengas cuanto antes los veinte mil duros.

Ordóñez estaba encantado por la servicial benevolencia del padre Tomás.