Ni aun influído por el mayor optimismo podía él imaginarse que iba a serle tan fácil el adquirir la exagerada cantidad en que había fijado sus deudas.

El elegante manifestó su agradecimiento con las más expresivas palabras que encontró; pero se detuvo de pronto, y afectando gravedad, dijo a su protector:

—Perdone usted mi aturdimiento, padre Tomás. Ocupado en mis asuntos, he olvidado que usted me necesita, y por esto me envió el telegrama a Londres. ¿En qué puedo yo servirle? Mande, que inmediatamente obedeceré.

El padre Tomás puso también un gesto de gravedad y entró de lleno en el asunto que a él le resultaba más importante.

—Es verdad que hablando de tus deudas hemos olvidado el asunto principal. Te he mandado a llamar porque en tu pronta venida consistía que tu honor quedase a salvo.

—¡Mi honor!—exclamó Ordóñez, que, como perfecto aventurero de la clase elevada, era capaz de cometer las mayores estafas, sin que por esto dejase de palidecer apenas se ponía en duda lo que él llamaba su honor.

—Sí, tu honor, hijo mío—continuó el padre Tomás, con la expresión del que hace revelaciones importantísimas—. Durante tu ausencia han ocurrido en tu casa algunas cosas que hacían necesaria tu pronta llegada aquí.

—Hable usted, padre Tomás. Espero con impaciencia esas revelaciones importantes.

—¿Recuerdas que María, antes de concederte su mano se mostraba preocupada y desdeñosa, hasta el punto de que tú creías que tenía ciertos amores en secreto?

Ordóñez contestó con un signo afirmativo.