Empezaba á caer la tarde, cuando el herido, despreciando las protestas y ruegos de las dos mujeres, saltó de su camón.

Se ahogaba; su cuerpo de atleta, habituado á la fatiga, no podía resistir tantas horas de inmovilidad. La pesadez del hombro le impulsaba á cambiar de posición, como si esto pudiera librarle del dolor.

Con paso vacilante, entumecido por el reposo, salió de la barraca, sentándose bajo el emparrado, en un banco de ladrillos.

La tarde era desapacible; soplaba un viento demasiado fresco para la estación. Nubarrones morados cubrían el sol, y por bajo de ellos desplomábase la luz, cerrando el horizonte como un telón de oro pálido.

Miró Batiste vagamente hacia la parte de la ciudad, volviendo su espalda á la barraca de Pimentó, que ahora se veía claramente, al quedar despojados los campos de las cortinas de mies que la ocultaban antes de la siega.

Sentía el herido á un mismo tiempo el impulso de la curiosidad y el miedo á ver demasiado; pero al fin volvió lentamente los ojos hacia la casa de su adversario.

Sí; mucha gente se agrupaba ante la puerta: hombres, mujeres, niños; toda la vega, que corría ansiosa á visitar á su vencido libertador.

¡Cómo debían odiarle aquellas gentes!... Estaban lejos, y no obstante adivinaba su nombre sonando en todas las bocas. En el zumbar de sus oídos, en el latir de sus sienes ardorosas por la fiebre, creyó percibir el susurro amenazante de aquel avispero.

Y sin embargo, bien sabía Dios que él no había hecho mas que defenderse; que sólo deseaba mantener á los suyos sin causar daño á nadie. ¿Qué culpa tenía de encontrarse en pugna con unas gentes que, como decía don Joaquín el maestro, eran muy buenas, pero muy bestias?...

Terminaba la tarde; el crepúsculo cernía sobre la vega una luz gris y triste. El viento, cada vez más fuerte, trajo hasta la barraca un lejano eco de lamentos y voces furiosas.