Batiste sonreía irónicamente mientras hablaba Pimentó, y éste, al fin, pareció confundido por la serenidad del intruso, anonadado al encontrar un hombre que no sentía miedo en su presencia.

«¿Marcharse él?... No había guapo que le hiciera abandonar lo que era suyo, lo que estaba regado con su sudor y había de dar el pan á su familia. Él era un hombre pacífico, ¿estamos? pero si le buscaban las cosquillas, era tan valiente como el que más. Cada cual que se meta en su negocio, y él haría bastante cumpliendo con el suyo sin faltar á nadie.»

Luego, pasando ante el matón, continuó su camino, volviéndole la espalda con una confianza despectiva.

Pimentó, acostumbrado á que le temblase toda la huerta, se mostraba cada vez más desconcertado por la serenidad de Batiste.

—¿Es la darrera paraula?[6]—le gritó cuando estaba ya á cierta distancia.

Sí; la darrera—contestó Batiste sin volverse.

Y siguió adelante, desapareciendo en una revuelta del camino. A lo lejos, en la antigua barraca de Barret, ladraba el perro olfateando la proximidad de su amo.

Al quedar solo, Pimentó recobró su soberbia. «¡Cristo! ¡Y cómo se había burlado de él aquel tío!» Masculló algunas maldiciones, y cerrando el puño señaló amenazante la curva del camino por donde había desaparecido Batiste.

Tú me les pagarás.... ¡Me les pagarás, morral!

En su voz, trémula de rabia, vibraban condensados todos los odios de la huerta.