La tarde fué triste. Sentada á la puerta de su barraca, creyó sorprenderle varias veces rondando por sendas algo lejanas, ó escondiéndose en los cañares para mirarla. La hilandera deseaba que llegase pronto el lunes, para ir á la fábrica y pasar al regreso el horrible camino acompañada por Tonet.

No dejó de presentarse el muchacho al anochecer el día siguiente.

Más cerca aún de la ciudad que en los otros días, salió al encuentro de Roseta.

—¡Bòna nit!

Pero después de la salutación de costumbre no calló. Aquel tímido parecía haber progresado mucho durante el día de descanso.

Y torpemente, acompañando sus expresiones con muecas y arañazos en las perneras del pantalón, fué explicándose, aunque entre palabra y palabra transcurrían á veces dos minutos. Se alegraba de verla buena ... (Sonrisa de Roseta y un «grasies» murmurado tenuemente.) ¿Se había divertido mucho el domingo?... (Silencio.) Él lo había pasado bastante mal. Se aburría. Sin duda la costumbre ... pues ... parecía que le faltaba algo.... ¡Claro! le había tomado ley al camino ... no, al camino no; lo que le gustaba era acompañarla ...

Y aquí paró en seco. Hasta le pareció á Roseta que se mordía nerviosamente la lengua para castigarla por su atrevimiento, y se pellizcaba en los sobacos por haber ido tan lejos.

Caminaron mucho rato en silencio. La muchacha no contestaba; seguía su marcha con el contoneo airoso de las hilanderas, la cesta en la cadera izquierda y el brazo derecho cortando el aire con un vaivén de péndulo.

Pensaba en su ensueño. Se imaginó estar en pleno delirio, viendo extravagancias, y varias veces volvió la cabeza creyendo percibir en la obscuridad aquel perro que le lamía las manos y tenía la cara de Tonet, recuerdo que aún le hacía reir. Pero no; lo que llevaba al lado era un buen mozo capaz de defenderla; algo tímido y encogido, eso sí, con la cabeza baja, como si las palabras que aún tenía por decir se le hubieran deslizado hasta el pecho y allí estuviesen pinchándole.

Roseta aún le confundió más. «Vamos á ver: ¿por qué hacía aquello? ¿por qué salía á acompañarla en su camino? ¿qué diría la gente? Si su padre se enteraba, ¡qué disgusto!...»