Reconoció al tío Tomba: el único de la huerta á quien no debía ningún pesar.
El pastor, tenido por brujo, poseía la adivinación asombrosa de los ciegos. Apenas reconoció á Batiste pareció comprender toda su desgracia. Tentó con el palo la escopeta que estaba á sus pies, y volvió la cabeza, como si buscase en la obscuridad la barraca de Pimentó.
Hablaba con lentitud, con una tristeza reposada, como hombre acostumbrado á las miserias de un mundo del que pronto había de salir. Adivinó el llanto de Batiste.
—¡Fill meu!... ¡fill meu!...
Todo lo que ocurría ahora lo esperaba él ¡hijo mío! Ya se lo había dicho el primer día que le encontró instalado en las tierras malditas: «¡Le traerían desgracia!...»
Acababa de pasar frente á su barraca y había visto luces por la puerta abierta ... Luego había oído gritos de desesperación; el perro aullaba.... El pequeño había muerto, ¿verdad? Y el padre allí, creyendo estar sentado en un ribazo, cuando en realidad donde estaba era con un pie en el presidio. Así se pierden los hombres y se disuelven las familias. Acabaría matando tontamente como el pobre Barret, y muriendo como él, en perpetuo encierro. Era algo fatal: aquellas tierras habían sido maldecidas por los pobres, y no podían dar mas que frutos de maldición.
Y mascullando sus terribles profecías, el pastor se alejó detrás de sus ovejas, camino del pueblo, mientras aconsejaba al pobre Batiste que se marchase también, pero lejos, muy lejos, donde no tuviera que ganar el pan luchando contra el odio de tantas miserias coligadas.
Invisible ya, hundido en las sombras, Batiste escuchó todavía su voz lenta y triste:
—Creume, fill meu: ¡te portarán desgrasia!