Se cansó por fin de ir de grupo en grupo sin que aceptasen sus ofrecimientos y dio por terminada la expedición. Tenía tranquila la conciencia: había obsequiado a todos los héroes que, secundando su valor, salvaban la ciudad. Ahora a casa del Montañés a acabar la noche.

Cuando Fermín se vio en un camarote del colmado ante nuevas botellas, creyó llegado el momento de abordar su asunto.

—Yo tenía que hablarte de algo importante, Luis. Creo que te lo dije.

—Me acuerdo... tenías que hablarme... Habla cuanto quieras.

Estaba tan borracho, que se le cerraban los ojos y su voz gangueaba como la de un viejo.

Fermín miró al Chivo que, como de costumbre, se había sentado al lado de su protector.

—Tengo que hablarte, Luis, pero es de algo muy delicado... Sin testigos.

—¿Lo dices por el Chivo?—exclamó Dupont abriendo los ojos.—El Chivo soy yo: todo lo mío lo sabe él. Si viniese aquí mi primo Pablo a hablarme de sus negocios, el Chivo se quedaría oyéndolo todo. ¡Habla sin miedo, hombre! Este es un pozo para todo lo mío.

Montenegro se resignó a sufrir la presencia de aquel tagarote, no queriendo demorar por sus escrúpulos la explicación deseada.

Habló a Luis con cierta timidez, velando su pensamiento, pesando bien las palabras para que sólo pudieran entenderlas ellos dos, dejando al matón en la ignorancia.