Si él le buscaba, ya podía figurarse para qué era... Lo sabía todo. El recuerdo de lo ocurrido en la última noche de la vendimia en Marchamalo no habría desaparecido seguramente de su memoria. Pues bien: él se presentaba para que remediase el mal causado. Siempre le había tenido por amigo y esperaba que como tal se portase... porque de no ser así...
El cansancio, la turbación nerviosa de una noche de emociones, no permitieron a Fermín un largo disimulo, y la amenaza asomó a sus labios al mismo tiempo que brillaba en sus ojos.
Las copas que llevaba bebidas le abrasaban el estómago, como si el vino se transformase en veneno, por la repugnancia con que lo había tomado de aquellas manos.
Dupont, oyendo a Montenegro, fingíase más ebrio de lo que realmente estaba, para ocultar de este modo su turbación.
La amenaza de Fermín hizo abandonar al Chivo su mutismo. El perdonavidas creyó oportuno el momento para una intervención aduladora.
—Aquí nadie amenaza, ¿sabe usté, pollo?... Donde esté el Chivo no hay quien le diga ná a su señorito.
El joven saltó con arrogancia, fijando en la bestia siniestra una mirada de reto.
—Usted se calla—dijo con imperio.—Usted se guarda la lengua en... el bolsillo o donde le quepa. Usted no es nadie aquí; y para hablarme me pide licencia.
Quedó indeciso el matón, como aplastado por la arrogancia del joven, y antes de que pudiera reponerse de la acometida, añadió Fermín dirigiéndose a Luis:
—¿Y eres tú ese que se cree tan valiente?... ¡Valiente, y vas a todas partes con un acompañante, como los niños de la escuela! ¡Valiente, y ni para hablar a solas con un hombre te separas de él! Merecías llevar calzones cortos.