Dupont olvidó su embriaguez, la echó a un lado para erguirse ante el amigo con toda la grandeza de su valor. ¡Hombre, justamente le hería en su parte más sensible!...

—Ya sabes, Ferminillo, que soy más valiente que tú; y que todo Jerez me tiene miedo. Vas a ver si necesito acompañantes. Tú, Chivo, ahueca.

El valentón se resistió, refunfuñando.

—¡Ahueca!—repitió el señorito, como si fuese a darle de patadas, con la arrogancia de la impunidad.

El Chivo salió y los dos amigos volvieron a sentarse. Luis ya no parecía ebrio: antes bien, hacía esfuerzos por mostrarse sereno, abriendo los ojos desmesuradamente, como si intentase anonadar con la mirada a Montenegro.

—Cuando te parezca—dijo con voz sorda, para inspirar mayor pavor,—saldremos a matarnos. Aquí no, porque el Montañés es amigo y no quiero comprometerlo.

Fermín levantó los hombros, como si despreciase esta comedia terrorífica. Ya hablarían de matarse, pero después; según lo que resultara de su conversación.

—Ahora al grano, Luis. Tú sabes el mal que has hecho. ¿Qué es lo que piensas para remediarlo?

El señorito perdió de nuevo su serenidad al ver que Fermín abordaba directamente el temido asunto. Hombre, a él no le correspondía toda la culpa. Era el vino, la maldita juerga, la casualidad... el ser bueno en demasía; pues de no haber estado en Marchamalo, cuidando los intereses de su primo (que maldito si se lo agradecía), nada habría ocurrido. Pero, en fin, el mal estaba hecho. Él era un caballero, se trataba de una familia amiga y no huía la cara. ¿Qué deseaba Fermín?... Su fortuna, su persona, todo estaba a su disposición. Creía lo más acertado que los dos señalasen una cantidad, de común acuerdo: él la reuniría, fuese como fuese, para darla a la chica como dote, y raro sería que con esto no encontrase un buen marido.

¿Por qué ponía Fermín aquel gesto? ¿Había dicho él algún disparate?... Pues si no le gustaba esta solución, tenía otra. María de la Luz podía irse a vivir con él. Le pondría una gran casa en la ciudad, viviría como una reina. A él le gustaba la muchacha: bastante sentía los desprecios con que le había afligido después de aquella noche. Haría cuanto supiera para que fuese feliz. Muchos ricos de Jerez vivían de este modo con sus hembras, a las que todos respetaban como esposas legítimas; y si no llegaban al matrimonio, era únicamente por ser de baja condición... ¿Tampoco le bastaba este arreglo? A ver: que propusiera algo Fermín, y acabarían de una vez.