Y saliendo del portalón, en plena lluvia, agarró de un brazo a Salvatierra, para que entrase en el cortijo. Don Fernando opuso resistencia. Iba a refugiarse en la gañanía con su compañero; no debía contrariarle, pues este era su gusto. Pero Rafael protestaba. ¡El gran amigo de su padrino, el que había sido jefe de su padre!... ¿Cómo podía pasar por la puerta de su casa sin entrar en ella?... Y casi a viva fuerza lo metió en el cortijo, mientras Manolo seguía adelante.

—Anda, que hoy tendrás buen despacho—le dijo Zarandilla.—Los mozos se pirran por tus papeles y tendrán en qué entretenerse mientras llueva. Me paece que va pa largo.

Salvatierra entró en la cocina del cortijo, dejando, al sentarse, una gran mancha del agua que chorreaban sus ropas. La señá Eduvigis, compadeciendo al «pobre señor», encendió apresuradamente en el hogar un fuego de leña menuda.

—Que sea buena la candela, mujer; que eso y mucho más se merece el forastero—decía Zarandilla, orgulloso de la visita.

Y luego añadió con cierta solemnidad:

—¿Tú sabes quién es este cabayero, Eduvigis?... ¡Qué has de saber tú! Pues es don Fernando Salvatierra, ese señor tan nombrao en los papeles, que defiende a los probes.

El gesto de la vieja, al abandonar un instante la lumbre para mirar al recién llegado, fue más de curiosidad y asombro que de admiración.

Mientras tanto, el aperador iba de un lado a otro, buscando cierta botella de vino selecto que meses antes le había regalado su padrino. Por fin dio con ella, y escanciando un vaso, se lo ofreció a don Fernando.

—Gracias, no bebo.

—¡Pero si es de primera, señor!...—intervino el viejo.—Beba su mercé; esto le hará bien después de la mojadura.