Salvatierra hizo un gesto negativo.

—Gracias otra vez: yo nunca he probado el vino.

Zarandilla le miró con asombro... ¡Qué tío! Con razón tenían a aquel don Fernando por un hombre extraordinario.

Rafael quiso que comiera algo; y habló a la vieja de freír huevos, de descolgar cierto jamón que había dejado el amo en una de sus visitas; pero Salvatierra le atajó. Era inútil: él llevaba en un bolsillo las provisiones para la noche. Y extrajo de su chaqueta un papel mojado, que contenía un mendrugo y un pedazo de queso.

La sonrisa fría con que se negaba a aceptar los obsequios, cortaba toda insistencia. Zarandilla abría sus ojos turbios, como para ver mejor a aquel hombre asombroso.

—¿Pero al menos fumará usted, don Fernando?—dijo Rafael ofreciéndole un cigarro.

—Gracias; no he fumado nunca.

El viejo no pudo callar más tiempo. ¿Tampoco fumaba?... Ahora comprendía el asombro de ciertas gentes. Un hombre de tan pocas necesidades metía tanto miedo como un ánima del otro mundo.

Y mientras Salvatierra aproximábase a la lumbre, que comenzaba a crepitar con alegre llama, el aperador salió de la cocina. Poco después volvió, llevando al brazo su capote de monte.

—Cuando menos, déjese usted abrigar. Quítese esas ropas que chorrean.