—¡Pero si ha sido una broma, niña!... Perdóname, soy muy bruto. Pégame: dame una bofetada, que bien lo merezco.

María de la Luz, con el rostro ligeramente arrebolado por el restregón de sus manos, sonreía vencida por la humildad con que el novio imploraba su perdón.

—Te perdono, pero márchate en seguía. ¡Mira que van a salir!... Sí, ¡te perdono! ¡te perdono! No seas pelma. ¡Vete!

—Pues pa que vea que me perdonas de veras, dame una bofetada. ¡O me la das o no me voy!

—¡Una bofetada!... ¡Bueno estás tú! Ya sé lo que quieres, ladrón: toma y vete en seguía.

Sacó por entre los hierros, echando atrás el cuerpo, una mano de suave almohadillado y graciosos hoyuelos. Rafael la cogió para acariciarla con arrobamiento. Después besó las uñas sonrosadas, chupó las yemas de sus dedos finos con una delectación que hizo agitarse a María de la Luz con nerviosas contorsiones detrás de la reja.

—¡Déjame, mala persona!... ¡Que chillo, asesino!...

Y librándose de un tirón de estas caricias que le estremecían con intenso cosquilleo, cerró la ventana de golpe. Rafael permaneció inmóvil largo rato, alejándose al fin, cuando dejó de percibir en sus labios la impresión de la mano de María de la Luz.

Transcurrió aún mucho tiempo antes de que los habitantes de Marchamalo diesen señales de vida. Los mastines ladraron dando saltos, cuando el capataz abrió la puerta de la casa de los lagares. Después, con caras de malhumor, fueron saliendo a la explanada los viñadores, obligados a permanecer en Marchamalo para asistir a la fiesta.

El cielo se azuleaba sin la más leve mancha de nubes. En el límite del horizonte una faja de escarlata anunciaba la salida del sol.