—¡Buen día nos dé Dios, cabayeros!—dijo el capataz a los jornaleros.
Pero estos torcían el gesto o levantaban los hombros, como presos a los que nada importa la placidez del tiempo fuera de su encierro.
Rafael se presentó a caballo, subiendo a galope la cuesta de la viña, como si llegase del cortijo.
—Mucho madrugas, chaval—dijo el padrino con sorna.—Se conoce que no te dejan dormir las cosas de Marchamalo.
El aperador rondó por cerca de la puerta sin ver a María de la Luz.
Bien entrada la mañana, el señor Fermín, que vigilaba la carretera desde lo alto de la viña, vio al final de la cinta blanca que cortaba el llano una gran nube de polvo, marcándose en su seno las manchas negras de varios carruajes.
—¡Ya están ahí, muchachos!—gritó a los viñadores.—El amo llega. A ver si lo recibís como lo que sois; como personas decentes.
Y los braceros, siguiendo las indicaciones del capataz, se formaron en dos filas a ambos lados del camino.
La gran cochera de Dupont se había vaciado en honor de la festividad. Todos los troncos de caballos y mulas, así como los corceles de silla del millonario, habían salido de las grandes cuadras que tenía adosadas a la bodega; y con ellos, los brillantes arreos y los vehículos de todas clases que compraba en España o encargaba a Inglaterra, con su prodigalidad de rico, imposibilitado de poder demostrar de otro modo su opulencia.
Descendió don Pablo, de un gran landó, dando su mano a un sacerdote grueso, de cara sonrosada, con hábitos de seda que relucían al sol. Luego que se convenció de que el acompañante había descendido sin ningún contratiempo, atendió a su madre y a su esposa, que bajaron del carruaje vestidas de negro, con la mantilla sobre los ojos.