Dupont ordenó con el gesto a todos los que le rodeaban, que le siguiesen fielmente en sus respuestas al sacerdote.
—¡Sancte Michael!...
—Ora pro nobis—contestó el amo con voz firme, mirando a sus acompañantes.
Estos repitieron las mismas palabras, y el Ora pro nobis se extendió como un rugido, hasta la cabeza de la procesión, donde el señor Fermín, parecía llevar el compás de tantas voces.
—¡Sancte Raphael!...
—Ora pro nobis.
—¡Omnes sancti Angeli et Archangeli!...
Ahora, en vez de ser un santo el invocado, eran muchos, y Dupont erguía su cabeza y gritaba más fuerte, para que todos se enterasen, no cometiendo error en la respuesta.
—Orate pro nobis.
Pero sólo los que rodeaban a don Pablo, podían seguir sus indicaciones. El resto de la procesión avanzaba lentamente, saliendo de sus filas un rugido cada vez más desgarrado con sonoridades burlescas y temblores irónicos.