A las pocas frases de la letanía, los jornaleros, aburridos de la ceremonia, con el cirio hacia abajo, contestaban automáticamente, imitando unas veces el ruido del trueno y otras un chillido de vieja, que hacía a muchos de ellos llevarse el sombrero a la cara.
—¡Sancte Jacobe!—cantaba el sacerdote.
—¡Nooobis!—rugían los viñadores, con burlescas inflexiones de voz, sin perder la gravedad de sus caras atezadas.
—¡Sancte Barnaba!...
—¡Obis! ¡obis!—contestaban a lo lejos los jornaleros.
El señor Fermín, aburrido también de la ceremonia, fingía enfadarse.
—¡A ver! ¡que haya formaliá!—decía encarándose con los más audaces.—Pero, condenaos, ¿no véis que el amo va a conosé que le tomáis er pelo?...
Pero el amo no se daba cuenta de nada, cegado por la emoción. La vista de las dos filas de hombres marchando entre las cepas y el canto reposado del sacerdote, conmovían su alma. Las llamas de los cirios temblaban sin color y sin luz como fuegos fatuos retrasados en su viaje nocturno y sorprendidos por el día: la capa del jesuita brillaba bajo el sol como el caparazón de un insecto enorme, blanco y dorado. La sagrada ceremonia conmovía a Dupont hasta el punto de agolpar las lágrimas a sus ojos.
—Muy hermoso, ¿verdad?—suspiró en una pausa de la letanía, sin ver a los que le rodeaban, dejando caer al azar la expresión de su entusiasmo.
—¡Sublime!—se apresuró a murmurar el jefe del escritorio.