—¡Primo... de chipén!—añadió Luis.—Esto parece una cosa de teatro.
Dupont, a pesar de su emoción no se olvidaba de marcar las respuestas de la letanía ni de atender al cuidado del sacerdote. Le tomaba del brazo para guiarle en las desigualdades del terreno; evitaba que su capa enganchase en los sarmientos sus bordados de realce.
—¡Ab ira, et odio, et omni mala voluntate!...—cantaba el sacerdote.
Había que variar la respuesta, y Dupont, con todos los suyos, contestaba:
—Libera nos, Domine.
Mientras tanto, el resto de la procesión seguía respondiendo, con irónica tenacidad, su Ora pro nobis.
—¡A spiritu fornicationis!—dijo el padre Urizábal.
—Libera nos, Domine—contestaron compungidos Dupont y todos los que entendieron esta súplica al Altísimo, mientras una mitad de la procesión rugía desde lejos:
—Nooobis... obis.
El capataz marchaba ahora cuesta arriba, guiando su gente hacia la explanada.