Formáronse en grupos los viñadores, en torno del aljibe, que elevaba sobre la replaza su gran aro de hierro, rematado por una cruz. Al llegar arriba el sacerdote con su séquito, Dupont abandonó el cirio para arrebatar al gañán encargado del cuidado de la capilla, el hisopo y el caldero de agua bendita. Él serviría de sacristán a su sabio amigo. Le temblaban las manos de emoción al apoderarse de los sagrados objetos.
El capataz, y muchos de los viñadores, adivinando que había llegado el momento supremo de la ceremonia, abrían desmesuradamente los ojos esperando ver algo extraordinario.
Mientras tanto, el sacerdote volvía las hojas de su libro, sin encontrar la oración apropiada al caso. El Ritual era minucioso. La Iglesia se parapetaba en todas las avenidas de la vida: oraciones para las mujeres de parto, para el agua, para las luces, para las casas nuevas, para barcos recién construidos, para la cama de los desposados, para los que parten de viaje, para el pan, para los huevos, para toda clase de comestibles. Por fin, encontró en el Ritual lo que buscaba: Benedictio super fruges et vineas.
Y Dupont sentía cierto orgullo al pensar que la Iglesia tenía su oración en latín para las viñas, como si hubiese presentido a muchos siglos de distancia que nacería en Jerez un siervo de Dios, gran productor de vinos, que necesitaría de sus preces.
—Adjutorium nostrum in nomine Domine—dijo el sacerdote mirando a su rico acólito con el rabillo del ojo, pronto a indicarle la respuesta.
—Qui fecit cœlum et terram—contestó Dupont sin vacilar, recordando las palabras cuidadosamente aprendidas.
Aún respondió a otras dos invocaciones del sacerdote, y éste fue leyendo con lentitud el Oremus, pidiendo la protección de Dios para las viñas y recomendándole que guardase sus uvas hasta la madurez.
—Per Christum Dominum nostrum...—terminó el jesuita.
—Amen—contestó Dupont con el rostro contraído, haciendo esfuerzos para que no le saltasen las lágrimas.
El padre Urizábal empuñó el hisopo, humedeciéndolo en el calderillo y se irguió como para dominar mejor la extensión de viñas que abarcaba su vista desde la explanada.