Asperges...—y musitando entre dientes el resto de la invocación, echó delante de él una rociada en el espacio.

Asperges... Asperges...—y dio hisopazos a derecha e izquierda.

Después, recogiéndose la capa y sonriendo a las señoras, con la satisfacción del que da por terminado su trabajo, se dirigió a la capilla seguido por el sacristán, portador otra vez del hisopo y el caldero.

—¿Esto sa acabao?—preguntó flemáticamente al capataz, un viñador viejo, de rostro grave.

—Sí: sa acabao.

—De modo, ¿que ya no tiene más que icir el pare cura?...

—Creo que no.

—Güeno... ¿Y podemos dirnos?

El señor Fermín, después de hablar con don Pablo, volvió hacia los grupos de trabajadores, dando palmadas. ¡A volar! La fiesta había terminado para ellos. Podían ir a la otra misa, a ver a sus mujeres; pero a la noche todos en la viña para continuar el trabajo de buena mañana.

—Llevaos las velas—añadió.—El señor os las regala para que vuestras familias las guarden como recuerdo.