Los trabajadores comenzaron a desfilar ante Dupont, con sus cirios apagados.
—Muchas gracias—decían algunos, llevándose la mano al sombrero.
Y el tono de su voz era tal, que no sabían los que rodeaban a Dupont si éste llegaría a ofenderse.
Pero don Pablo aún estaba bajo la presión de sus emociones. Dentro de la torre terminaban los preparativos del banquete, pero él no podría comer. ¡Qué día, amigos! ¡Qué espectáculo sublime! Y mirando los centenares de trabajadores que iban viña abajo, daba salida libre a sus entusiasmos.
Allí acababa de verse una imagen de lo que debía ser la sociedad. Los amos y los criados, los ricos y los pobres unidos todos en Dios, amándose con fraternidad cristiana, conservando cada cual su jerarquía y la parte de bienestar que el Señor hubiera querido concederles.
Los viñadores caminaban apresuradamente. Algunos corrían para adelantarse a sus compañeros, llegando cuanto antes a la ciudad. Desde la noche anterior que les esperaban en Jerez. Habían pasado la semana pensando en el sábado, en la vuelta a casa, para sentir el calor de la familia, después de seis días de amontonamiento.
Era el único consuelo del pobre, el triste descanso de una semana de fatigas, y les habían robado una noche y una mañana. Sólo les quedaban unas cuantas horas: así que anocheciese tenían que estar de vuelta en Marchamalo.
Al salir de las tierras de Dupont y verse en la carretera, los hombres rompieron a hablar. Detuviéronse un instante para fijar su vista en lo alto de la colina, donde se destacaban las figuras de don Pablo y sus empleados, empequeñecidas por la distancia.
Los viñadores más jóvenes miraban con desprecio el cirio regalado, y apoyándolo cerca del vientre, lo movían con cinismo, apuntando a lo alto.
—¡Pa ti!... ¡pa ti!...