Los viejos prorrumpían en amenazas sordas.

—¡Mala puñalá te den, beato roío! ¡Anda a que te... zurzan, ladrón!...

Y Dupont, desde lo alto, abarcaba en una mirada lacrimosa sus campos, sus centenares de trabajadores que se detenían en el camino sin duda para saludarle, y participaba su emoción a los allegados.

¡Un gran día, amigos míos! ¡Un espectáculo conmovedor! El mundo, para marchar bien, debía organizarse con arreglo a las sanas tradiciones... Lo mismo que su casa.

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V

Un sábado por la tarde, Fermín Montenegro, al salir del escritorio encontró a don Fernando Salvatierra.

El maestro dirigíase a las afueras de la ciudad para dar un largo paseo. Trabajaba gran parte del día en traducciones del inglés o escribiendo artículos para los periódicos de la idea; una faena que le producía lo necesario para el pan y el queso, permitiéndole además auxiliar al compañero que le alojaba en su casucha y a otros compañeros no menos pobres que le asediaban con frecuencia, demandándole apoyo en nombre de la solidaridad.

Su único placer, después del trabajo, era el paseo; pero un paseo de horas, casi un viaje, hasta bien cerrada la noche, apareciendo inesperadamente en cortijos situados a varias leguas de la ciudad.

Los amigos huían de acompañar en sus excursiones a aquel andarín ágil, de piernas incansables, que proclamaba la marcha como el más eficaz de los remedios, y hablaba de Kant, presentando como un ejemplo los paseos de cuatro horas que daba el filósofo todos los días, llegando sano a una extrema vejez gracias a este apacible ejercicio.