El Azul de la Virgen mostrábase indignado por este incidente que turbaba la calma del claustro y la beatitud de sus digestiones de servidor de la iglesia feliz y bien cebado. Era una vergüenza que aquel zapaterín se hubiese aposentado en las Claverías con su pobreza y todo el rebaño de hijos tiñosos y miserables. Moriría uno cada mes: iban a pegarles sus enfermedades. ¿Y con qué derecho estaban en la catedral si no cobraban sueldo alguno de la Obrería? Tales hediondeces debían quedarse fuera de la casa del Señor. Su suegra se indignaba.
—¡Calla, ladrón de santos—decía—; calla, o te tiro un plato! Todos somos hijos de Dios, y si las cosas fuesen derechas, los pobres debían vivir en la catedral. Mejor sería que en vez de decir tales cosas les dieses a esos infelices algo de lo que robas a la Virgen.
El sacristán levantaba los hombros con desprecio. Ya que no tenían para comer, que no hiciesen hijos. Allí estaba él con solo una hija. No se creía con derecho a más, y eso que, gracias a Nuestra Señora, guardaba un mendrugo para la vejez.
Tomasa hablaba del niño del zapatero a los buenos señores del cabildo que después del coro se detenían un momento en el jardín. La oían distraídos, hundiendo su mano en la sotana.
—¡Todo sea por Dios! ¡Cuánta miseria...!
Y unos la daban diez céntimos, otros un real; hasta hubo quien llegó a dar una peseta. La jardinera pasó un día al palacio del arzobispo, pero don Sebastián estaba con el arrechucho y no quiso recibirla, envíandola dos pesetas con un familiar.
—No son malos—decía la jardinera, entregando sus colectas a la pobre madre—, pero cada uno vive para él, y el prójimo que se arregle. Nadie parte ya el manto con nadie.... Toma esto y veas cómo sales del paso.
Comían mejor en casa del zapatero. La chiquillería escrofulosa que correteaba por el claustro era la que mejoraba de suerte con la enfermedad del pequeño, cada vez más débil, inmovilizado horas enteras, con una respiración casi imperceptible, sobre el regazo de la madre.
Cuando murió el infeliz, toda la gente del claustro se agolpó en la casa. Dentro sonaba el lamento de la madre, estridente, interminable, como el berrido de una bestia herida. Fuera, lloraba el padre silenciosamente, rodeado de sus amigos.
—Ha muerto lo mismo que un pájaro—decía con largas pausas, cortando las palabras con sollozos—. Su madre lo tenía sobre las rodillas.... Yo trabajaba... «¡Antonio, Antonio!—me grita—; veas qué tiene el chico; mueve la boca, hace muecas.» Acudo. Tenía la cara ennegrecida... como si la cubriese un velo. Abrió la boquita... dos muecas, con los ojos entelados, y dobló el cuello.... Lo mismo que un pajarillo... lo mismo.