Y lloraba, repitiendo tenazmente la semejanza entre su hijo y los pájaros que caían en invierno muertos de frío.
El campanero miraba sombríamente a Gabriel.—Tú que lo sabes todo: ¿verdad que ha muerto de hambre?
Y el Tato, con su impetuosidad escandalosa, decía a gritos:
—¡No hay justicia en el mundo! ¡Esto se ha de arreglar! ¡Mire usted que morir de hambre una criatura en una casa donde corre el dinero y tantos tíos se visten de oro...!
Cuando se llevaron al muertecito camino del cementerio, pareció que el claustro quedaba abandonado. Toda su vida se reconcentró en la casa del zapatero. Las mujeres rodeaban a la madre. La desesperación enfurecía a aquella mujer débil y enferma. Ya no lloraba: la muerte de su hijo la había vuelto feroz. Quería morder, estrellarse el cráneo contra las paredes.
—¡Ay...! ¡mi hijooo! ¡mi Antoñito!
Por las noches se quedaban en la casa Sagrario y otras mujeres para cuidar de ella. En su desesperación quería hacer responsable a alguien de la desgracia, y se fijaba en los más altos de las Claverías. Don Antolín no la había auxiliado con la más pequeña limosna; su remilgada sobrina apenas si había entrado a ver al pequeñuelo. A ella sólo le interesaban los hombres.
—El Vara de plata tiene la culpa—gritaba la pobre mujer—. Es un ladrón. Exprime nuestra miseria con sus trampas de usurero. Ni un céntimo ha dado para mi hijo.... Y la tal Mariquita es un pendón.... Lo digo yo, sí, señor. Sólo piensa en emperejilarse para que la vean los cadetes.
—Mujer, te van a oír—decían suplicantes y con miedo algunas mujeres.
Pero otras protestaban de este temor. ¡Que le oyesen don Antolín y su sobrina! ¿Y qué? En las Claverías ya estaban hartos de las rapacidades de aquel tío y los aires de gran señora que se daba la fea. Porque ellas fuesen pobres no iban a pasarse la vida temblando ante aquella pareja. ¡Dios sabe lo que harían el tío y la sobrina solos en su casa...!