Era en verano y la familia del doctor estaba pasando una temporada en las islas del Tigre. Estas islas están cerca de Buenos Aires, y las forma el río Paraná al desembocar en el estuario llamado río de la Plata: una red intrincada de canales navegables entre tierras medio sumergidas, cubiertas de una vegetación frondosa, siempre verde. Es un lugar hermoso, digno de servir de escenario a un poema. Lo malo es que nunca ha ocurrido en él nada digno de mención.

Muchos ricos de Buenos Aires, especialmente las familias de origen antiguo, tienen una casa de recreo en las inmediaciones del Tigre, y doña Zoila había creído indispensable poseer un edificio igual, para complemento del lujoso hotel, cerca del Parque de Palermo. Considero necesario decir de paso que las dos nobles viviendas estaban hipotecadas.

El doctor pasaba las noches con su familia, acompañando a las niñas cuando bailaban en el Casino del Tigre. Por la mañana tomaba el tren para ir a Buenos Aires y ocuparse en sus negocios, regresando al anochecer. Fué en uno de estos viajes de vuelta cuando el doctor cayó a la vía, al pasar de un vagón a otro. Nadie pudo explicarse claramente cómo ocurrió este suceso, que produjo tanta emoción en la ciudad. Lo cierto es que el cadáver del doctor fué encontrado hecho pedazos entre los rieles.

Los periódicos hablaron largamente, censurando a la Compañía del ferrocarril por el mal estado de su material. Había cerrado ya la noche y la obscuridad debió ser la verdadera causa de esta desgracia; pero también resultaba culpable de ella la Empresa, por la vejez de sus vagones. Los puentes que los unían eran defectuosos; las portezuelas se abrían solas. Indudablemente un hombre como el doctor Pedraza, preocupado a todas

horas por sus negocios, al pasar distraído de un vagón a otro, había sido víctima de tales deficiencias.

Sus funerales fueron magníficos. Los diarios publicaron largas biografías de él, considerando su trágica muerte como una pérdida nacional.

¡Ah, doctor! ¡Heroico doctor!... Unos pocos nada más nos mirábamos fijamente al mencionar su nombre. Nos hablábamos con los ojos, leíamos mutuamente en ellos nuestro común pensamiento; pero nadie se atrevía a expresarlo con palabras.

Algunos hubiesen querido hablar; pero ¿cómo interrumpir con suposiciones malévolas, inoportunas y peligrosas la unanimidad del sentimiento público por la pérdida de un ilustre hijo del país?... El duelo general había servido para demostrar cuán numerosas eran las amistades de la familia del llorado doctor y el prestigio de doña Zoila en la alta sociedad (¡una Pérez Zurrialde!).