La señora viuda de Pedraza y sus hijas cobraron dos millones de pesos de las Compañías de Seguros. Todos admiraron la previsión de este buen padre de familia. Le tenían por rico; dejaba a los suyos una gran fortuna (aunque indudablemente algo quebrantada por la crisis del momento), y había que añadir a tal herencia los importantes seguros sobre su muerte. El dinero siempre llega a tiempo, y en esta ocasión serviría para suavizar el dolor de la familia.

Doña Zoila libró de hipotecas sus propiedades, y al poco tiempo la Suerte—a la que el pobre doctor abría inútilmente la ventana para que entrase—se decidió repentinamente a ir en busca de sus herederos. Pasó la crisis nacional, circuló otra vez la riqueza; el mundo, que necesita para vivir panecillos y bifteques, compró a buen precio los trigos y las reses; las dos estancias de la familia, limpias de réditos, proporcionaron magníficas rentas.

La señora viuda de Pedraza continúa siendo una de las primeras matronas del país. Llama, como siempre, la atención de todos por su elegancia; pero ahora es una elegancia de noble dama que ha renunciado a dar envidia a sus amigas; una elegancia a base de colores apagados, de ricas blondas y joyas sólidas.

Para que un concierto o una función teatral de caridad tenga público hasta en los pasillos es preciso que ella la organice. Los comerciantes tiemblan al verla presidenta de una nueva institución benéfica, sabiendo que esto significa un tributo más que tendrán que pagar con miedosa sonrisa, so pena de verse sin clientela. Los comediantes célebres, los concertistas, los escritores que llegan

de Europa a dar conferencias, están condenados al fracaso si no cuentan con su protección.

No ha vuelto al viejo mundo; pero desde Buenos Aires legisla sobre materias de elegancia, y los comisionistas de modas que llegan de París van a enseñarla sus novedades antes que al público.

Todas sus hijas se han casado ya. Los nietos empiezan a tirar de su falda, y cada vez que siente una fugaz simpatía por cualquiera de sus yernos, le dice suspirando:

—Hijo mío: sólo deseo que sea usted tan bueno para la familia como lo fué mi finado el doctor.