—Eso me han dicho muchas veces, hasta cuando me vieron de cerca en Estados Unidos. Muchos yankees esperaban asombrarme con la prodigiosa actividad de su país, y finalmente los periódicos de allá acabaron por reconocer que en punto a voluntad enérgica y a potencia productora yo podía figurar entre los más fuertes de sus compatriotas.
El gran novelista español tiene en su vida un éxito material que pocas veces se ha visto.
Un día, estando en su regia posesión de la Costa Azul—y perdone el maestro tan poco republicano adjetivo—, le visitó el presidente de una de las más grandes casas cinematográficas de Nueva York. Venía a comprarle sus derechos de autor de Los cuatro jinetes del Apocalipsis para hacer con esta novela—famosísima en el mundo entero-y de la cual se han vendido en Estados Unidos cerca de dos millones de ejemplares—un film de gran espectáculo. Y le entregó por dicha autorización 200.000 dólares, o sea más de un millón de pesetas. ¡Eso es recibir una visita grata!... Pero hay que recordar que la citada novela la vendió en 1916 en 300 dólares a la traductora inglesa, y que ésta se ha enriquecido con ella, así como los editores, sin que Blasco Ibáñez recibiese un céntimo más. Justo es que la Providencia, en forma de Empresa cinematográfica, le haya proporcionado esa magnífica compensación.
—¿Usted sigue siendo republicano?
—Lo seré mientras viva. Yo no soy un político; no lo he sido nunca. Soy un romántico de la República. A veces pienso como digno final de mi existencia morir lo mismo que aquel viejo desconocido que muere en Los Miserables sobre una barricada, sin que nadie sepa su nombre, sirviendo de bandera a la juventud revolucionaria. No quiero volver a la actividad política para ser un político..., un diputado. Hay veinte mil españoles, por lo menos, que pueden ser diputados, tan bien o mejor que yo lo fuí durante muchos años. Españoles que puedan escribir novelas y las hagan leer a los públicos de toda la tierra, son indudablemente algunos menos. Yo creo servir a mi país haciendo lo que hago ahora: novelas. Y si algún día renacen en España los movimientos para implantar la República, entonces yo, aunque tenga ochenta años...
El brillo de los ojos del famoso novelista parece terminar esta profesión de fe, verdaderamente de “romántico”, eternamente joven. Luego queda pensativo y añade:
—Dicen que disminuye el número de los republicanos en España. Esto no significa nada. En veinticuatro horas una nación entera puede pasar de monárquica a republicana. Además, no me impresiona que aumenten las deserciones y se abran claros en las filas. Yo repito el verso del inmenso Hugo en una situación semejante, cuando Napoleón III parecía victorioso para siempre, y cada vez eran menos los republicanos en Francia: “Si sólo queda uno, ése seré yo.”
—La literatura de nuestro país hoy...
—Hay muchos novelistas jóvenes a los que leo con verdadero deleite. Todo el que trabaja y expresa sinceramente su manera de ver la vida, tiene en mí un admirador. Lo único que les falta a algunos de ellos es asomarse al mundo, vivir en otros ambientes, respirar otros aires, renovarse...
La charla de Blasco Ibáñez está a su altura como escritor. Me gusta casi tanto cuando habla como cuando escribe. A veces es mordaz, irónico, y en dos palabras tajantes va al resumen de la cuestión.