¿No ha hablado usted nunca con el Rey?

El novelista me mira. ¿Quiere sondar con su mirada de estilete la intención de mi pregunta? Ha debido ver en mis ojos lealtad, cuando tranquilamente, pausadamente, me responde:

No; no he hablado nunca con el Rey. ¿Qué motivos hay para ello?... Si escribiese novelas, tal vez me interesaría verle. No digo que no acabe haciéndolas, pues según dicen ha nacido con variadísimos talentos para todo; pero hasta el presente sólo ha hecho discursos... Viviendo en el extranjero, como yo vivo, bien podría ocurrir alguna vez que me encontrase con él en sus viajes, y hablásemos. Fuera de España no hay política; todos somos españoles.

Blasco Ibáñez añade:

Yo soy amigo particular de otro rey de España, que no está sentado en el trono, pero cuyos derechos a la Corona sostienen aún muchos españoles. Algunas tardes veo a Don Jaime de Borbón y echamos un párrafo con la alegría de dos compatriotas que se encuentran en tierra extranjera.

Don Jaime ha comprado una propiedad agrícola en los alrededores de Niza; Blasco Ibáñez tiene su poética “Fontana Rosa” en Menton; entre estas dos ciudades cercanas de la Costa Azul viene a ser Montecarlo un lugar intermedio, y es en el Casino de Montecarlo donde se encuentran con frecuencia el pretendiente al trono de España y el novelista, como dos vecinos.

El tiene sus creencias y yo las mías. Somos dos españoles que amamos a España, cada uno a su modo, y nunca reñimos. Además, Don Jaime posee la más sólida y positiva de las ilustraciones; la que no se adquiere en los libros, sino viajando. ¡Ojalá todos sus partidarios y los más de los españoles hubiesen hecho lo mismo!... El ha corrido una gran parte de la tierra; yo no he viajado menos que él, y eso hace que nos entendamos perfectamente, con la tolerancia y el mutuo respeto de dos hombres que se libertaron de esas estrecheces de criterio y miserias mentales que sufren los que no han salido nunca de “la sombra de su campanario”. Además, lo repito: somos dos buenos españoles, y hay que vivir fuera de España para saber lo que representa esto como fuerza atractiva.

—Y si España peligrase, maestro, ¿abandonaría usted su dorada y altísima Torre del Arte para acudir?

Los ojos del maestro llamean de patriótica exaltación.

—¡Claro que sí!... ¿Acaso hay quien crea que porque no resido habitualmente en España no la quiero y venero tanto como el que más? ¿No presto yo mejor servicio a mi Patria estando fuera de ella que si viviese aquí como uno de tantos españoles?...