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En la terraza del Casino de Madrid, a los postres, hablamos de España, de Europa, del mundo...
—Sí, indudablemente España progresa—dice el eminente novelista—, pero el progreso que se ve es “material”; un progreso de ladrillos puestos unos sobre otros y de nuevas calles en las ciudades. Pero progreso moral, espiritual, intelectual... ¡lo dudo un poco! La vida sigue siendo aquí dura, agresiva y áspera. Aún no hemos aprendido “la dulzura de vivir”. Yo YA no podría residir aquí continuamente, como en otro tiempo. Al que viene de fuera, le parece que todo en este ambiente le molesta y le pincha... Para las mujeres no hay respeto, sino procacidad, grosería... Los hombres, ante una mujer hermosa parecen lobos hambrientos... Es triste, pero es cierto...
—Sí—interrumpo—, aun los que todavía no hemos vivido, ni viajado, ni aprendido, ni visto lo que usted, comprendemos con dolor y con tristeza que España, en estos aspectos de que hablamos, es una aldea, una pobre aldea sin botica, pero con cura... Una aldea en la que, naturalmente, todo llama la atención: la mujer hermosa, los brillantes, las pieles, las pantorrillas, los hombres altos, los hombres flacos, los hombres gordos... ¡hasta las mujeres feas despiertan estupor! Y luego, todo se toma por la tremenda, por lo trágico, en cobardes huídas del ingenio... Tiene usted las corridas de toros...
—No me hable usted de las corridas de toros—interrumpe ahora el maestro—¿Para qué hablar de tan cobarde espectáculo? El caballo, amigo fiel del hombre, que le ayuda en todo, encuentra como premio a su vida abnegada la plaza de toros, donde se le somete a los más infames martirios... No hablemos, no hablemos de las corridas de toros...
Pasamos a conversar de otra cosa que interesa particularmente al novelista: el viaje que va a hacer alrededor del mundo.
En noviembre del año próximo 1923, Blasco Ibáñez irá a Nueva York para embarcarse en un gran yacht que dará la vuelta a la tierra. Es un viaje organizado para millonarios norteamericanos, a juzgar por lo que cuesta. Un centenar de pasajeros hará esto, circunnavegación en un transatlántico de 20.000 toneladas, convertido en yacht. Después de visitar muchas islas de Oceanía, el Japón, Corea, China, Java, la India, Ceilán, Egipto, etc., el novelista bajará a tierra en Montecarlo, único puerto de Europa en que tocará el yacht, y se irá tranquilamente a su villa “Fontana Rosa” en el tranvía de Menton (veinte minutos), o en uno de sus dos automóviles, mientras el buque continúa navegando hacia Nueva York con los demás pasajeros.
Esto se llama vivir en nuestro planeta como si fuese casa propia.
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Referir cuanto hemos oído al maestro durante su última estancia en España, sería labor prolija.