El señor Vicente entró a detallar su futura vida. Libertad completa para todos. Ellos tenían su llave, y él guardaba la suya. Cada uno podía entrar y salir cuando quisiera. No hacía falta llamarse mas que en casos de necesidad, como buenos hermanos. El se acostaba muchas veces cuando aún había sol en el horizonte. Otras llegaba a altas horas de la noche. Se retrasaba peleando con algún pecador de lengua blasfema; velaba enformos, con la esperanza de que se arrepintiesen a última hora. La noche era tan buena como el día para servir a Dios. Además, dormía poco: le repugnaba el sueño, por ser el momento que aprovecha el Malo para tentar y atormentar con visiones pecaminosas e impuros disparates. Ansiaba la llegada del día como un descanso, y antes de apuntar el alba estaba de pie para asistir a la misa primera. Cuando ellos se levantasen, ya andaría él muchas horas por el mundo.
—No crea usted, señora—continuó—, que siempre he vivido tan cristianamente. He tenido mis épocas de calavera, de trasnochador.
Al decir esto, sonrió con una candidez que pretendía ser maliciosa.
—Cuando yo conquistaba a mi zapatero, un demonio de Granada que cometió enormes sacrilegios, y cuya conversión no sé si se la habrá contado don Isidro, entonces pasé meses y aun años acostándome después de la salida del sol. El pecador tenía gusto en oírme, y yo me agarraba a él, acompañándolo a las tabernas y a sitios peores, señora... a sitios donde fueran conducidas en tiempos de martirio las santas vírgenes para ser atormentadas en lo que más estimaban. El Señor me lo perdone... El bebía y hacía cosas peores; yo le hablaba, sin aceptar sus obsequios, sin hacer caso de sus blasfemias, esperando que estuviese bien borracho para ver si de este modo podía meterlo en una iglesia y que oyese una misa, una tan sólo, con la esperanza de que Dios y su Santísima Madre me habían de ayudar, tocándole el corazón. ¡Y costó, pero llegó! Pasé años haciendo una vida de pillo, pero puedo decir que he devuelto un alma al Señor... Ya le contará más despacio el señor de Maltrana mi conquista del zapatero.
Y paseaba, guiñando los sanguinolentos ojos, frotándose las manos, celebrando su malicia y aquella conversión que era el acto más glorioso de su vida.
—Aquí estará usted muy bien, señora—continuó—. Hay de todo en el distrito; tiene usted inmediatas varias iglesias, con misas a todas las horas. Además, casi a la mano, está la catedral. San Isidro, con su famosa capilla isidoriana. Si usted no la ha oído, vaya a oírla. Un coro de ángeles, una bandada de querubines, que la dejarán con la boca abierta.
Cuando se presentaron dos mozos de cordel trayendo a cuestas una parte de los muebles, el señor Vicente se despidió. Tenía que hacer propaganda aquella tarde. Ahora visitaba a la gente de la carretera de Extremadura: unos pobrecillos sin más medios de existencia que el trabajo en los tejares durante el verano y el robar cardillos y leña de la Casa de Campo. Allí se quedaban los dos como dueños de todo. Con otros huéspedes no osaría tales confianzas. Pero el señor de Maltrana podía hacer lo que gustase y disponer de su biblioteca: todas las puertas quedaban abiertas. Si necesitaba clavar algo en el arreglo de la casa, allí tenía un poco de todo, en el cajón de los chismes. Y le mostró en el fondo de una caja clavos, tachuelas, dos martillos rotos, todo de hierro viejo recolectado en sus excursiones por las afueras y traído a casa con una minuciosidad que le hacía aprovechar cuantos objetos veía en el suelo. Si la señora necesitaba botones, hilos o agujas, también encontraría gran provisión en una tabla de la biblioteca.
Los amantes, viéndose solos, dedicaron gran parte de la tarde al arreglo de los muebles. Los habían dejado los portadores agrupados en el centro de la habitación que destinaba Isidro para despacho. Después de largas reflexiones y no menores titubeos, se dispusieron los jóvenes a colocarlos.
—Aquí la mesa, junto a la ventana—dijo Feli—. Tú escribirás de espaldas a la cocina, y yo vendré de puntillas, poquito a poco, y... ¡zas! te daré el gran susto, cuando menos lo esperes, echándote los brazos al cuello, besándote... así, así.
Y el silencio monacal de la casa del hermano Vicente conmovíase escandalizado por una lluvia de ruidosos besos y por los suspiros de pasión que acompañaban a los fuertes abrazos.