—Esto empieza mal; gastamos demasiado. Con lo que cuesta este aparato que han traído del café tengo yo para dos días.

Maltrana contestaba con risas. Había que alegrarse: aquel domingo era el de sus bodas, el primor día que pasaban juntos. Ya pensarían luego en las economías.

Bebieron en el mismo vaso, cuidando el uno de poner los labios en la empañadura que dejaba la boca del otro. Se besaban entre bocado y bocado, marcándose en las mejillas redondeles de vino y de grasa:

—¡Cochino, cómo me pones!—decía Feli con gracioso mohín, limpiándose la cara—. ¡Ay! ¡Déjame comer! ¡déjame tranquila! Mira que estoy cansada, que deseo paz... que aún nos queda mucho por arreglar.

La presencia del señor Vicente hizo que el almuerzo acabase con cierta tranquilidad. Venía de oír varias misas, de asistir a una reunión de Hermandad, de hablar con los señores de la Conferencia, que le entregaban las estampitas y hojas piadosas para los impíos de la plebe. Los domingos eran días de gran trabajo.

Se negó a aceptar los restos del almuerzo que le ofrecía el joven. Gracias, señor de Maltrana; no era orgullo, pero estaban en Cuaresma, y él ayunaba rigurosamente. Había devorado en la calle su modesta colación; la carne pecadora ya tenía bastante.

Fijaba sus ojos enfermos en Feli con cierta inquietud, turbado por la presencia de una mujer joven y bonita en su propia sala, en medio de los estantes empolvados repletos de tomos de pergamino que guardaban toda la sabiduría y la santidad del mundo.

—¿Conque usted es la señora del señor de Multrana? Vaya, vaya... Que sea por muchos años.

Y al decir esto, paseaba por la habitación con sus zapatos de cura, que parecían querer escapársele a cada paso, acompañando sus movimientos con un monótono chac-chac. Tenía en sus piernas algo inexplicable que parecía repeler los lacios pantalones que las cubrían. Feli pensaba que aquel hombre había nacido para llevar una sotana, un hábito, una envoltura talar. Se movía y andaba como si unas sayas invisibles estorbasen su paso.

—¿Conque usted es la señora del señor de Maltrana?—repitió otra vez, no sabiendo qué decir—. Vaya, vaya... Que Dios la bendiga y la dé muchos hijos, para que la acompañen en el ciclo... Tiene usted cara de buena; el señor de Maltrana también es bueno, aunque algo olvidado de la salud del alma. Usted le guiará por el buen camino: las señoras, para estos casos, saben más que nosotros. Creo que nos entenderemos, que viviremos como buenos cristianos, en santa paz.