En otro sitio hubiese adquirido Isidro los mismos muebles a menos precio. Pagaba el parentesco y la vergüenza del regateo. Compraron una camita dorada, una mesa de escribir, otra de comedor, varias sillas y un colchón con almohadas y dos mantas. Todo era modesto, de poco precio; pero la cama, con sus hierros coruscantes, les pareció a los dos un derroche, un alarde de suprema elegancia, una manifestación de su propósito de vivir en grande, sin privaciones. Siete duros les costó esta joya. Los dos se miraban con inquietud. ¡Qué modo de gastar el dinero! Pero este remordimiento desvanecíase al examinar la cama otra vez, fijándose especialmente en el colchón de muelles. ¡Ella, que no había conocido otro lecho que un jergón sobre tablones en la casucha del Mosco! ¡El, que durante años aguardaba a que le dejasen libre el camastro para descansar sus huesos!...
Los dos abandonaron la tienda, trémulos de emoción por las adquisiciones que acababan de realizar. Por fin, iban a tener una casa, a ser dueños de algo. Comenzaban una vida nueva. Antes de dos horas tendrían los muebles en su casita, en aquel nido próximo a las nubes.
—¡Cuánto dinero hemos gastado!—decía Feli, apreciando con el tacto la disminución del envoltorio que llevaba en la mano—. Si seguimos derrochando así, dentro de poco pediremos limosna.
Isidro la tranquilizaba: aún tenía más dinero para las necesidades de la casa. Y después, ganaría nuevas cantidades; contaba con su pluma para vivir.
Y hablaba de su pluma con petulante seguridad, como si el mundo entero aguardase impaciente que él se dignara escribir algo para adquirirlo.
Salieron del Rastro. Cerca de la plazuela contemplaron un instante los puestos de los remendones que aprovechan el calzado viejo recogido en las calles. Tenían ante ellos grandes montones de zapatos húmedos, extraídos de una gran cuba, y agarrándolos como animalillos muertos, les arrancaban las tachuelas, las suelas, los tacones, todo lo aprovechable. Lo inservible caía en el suelo, pegándose a las piedras como inertes piltrafas.
Junto a la estatua del héroe de Cascorro se cruzaron con dos ropavejeros que volvían de recorrer las calles pregonando sus ofrecimientos de compra. Llevaban al brazo varias prendas de ropa. Calzaban alpargatas, cubríanse la cabeza con boinas, pero encima de ellas, como si fuesen las enseñas del oficio, llevaban con solemnidad, uno de ellos un sombrero de copa, y el otro una teja de cura de un negro verdoso. Caminaban gravemente, como dos caricaturas de la riqueza y el clero, sin prestar atención a las risas de los curiosos, y se metieron en la taberna del Manco para hablar de sus asuntos entre dos «tintas».
Isidro y Feliciana sentían impaciencia por verse en su casita. Dudaron un instante ante la puerta de un café, no sabiendo si almorzar en él. No; mejor sería en su casa, completamente solos, sin la molestia de las miradas del público.
Al presentarse el camarero con una gran bandeja en aquel piso alto donde ocultaban su felicidad, tuvieron que colocar sobre una mesilla del señor Vicente el solomillo con patatas, la merluza frita, el postre de pasas y almendras y la botella del vino. Comieron con el buen apetito de la juventud, con esa excitación que proporciona la novedad de los cambios de sitio.
Feli, de vez en cuando, fruncía el entrecejo con sus preocupaciones de amita de casa.