—¡Las cosas que uno ha visto, muchacho!... ¡Si los muebles hablasen!

Comenzó a dar vueltas al manubrio del organillo y la gangosa melodía sonó otra vez.

Maltrana dijo adiós a su tío; pero éste, antes de que se alejasen, tuvo un arranque de generosidad.

—Tomad lo que queráis. Ya que sois recién casados, os debo un regalo.

Y les mostraba noblemente la mercancía esparcida a sus pies, las cartillas de ciegos, con las páginas al viento o puestas en ángulo con el lomo en alto. Los dos jóvenes diéronle las gracias.

—No os ofrezco el órgano—siguió diciendo—porque le tengo querencia a la Gran Marcha. Pero cuando me canse, venid por él: pasaréis buenos ratos.

Se alejó la enamorada pareja. Feli reía del Ingeniero, de sus pretensiones galantes y del mastín con faldas que le acompañaba.

—Es un hombre temible—dijo Isidro con tono irónico—. El terror del barrio... Y tú parece que le has dado golpe: tendré que vigilaros...

Volviendo hacia lo alto del Rastro, asomáronse al patio de las Viejas Américas. La muchacha admiró las grandes tiendas de antigüedades y las de muebles con sus sillerías de sedas vistosas que alegraban los sombríos rincones del caserón. Isidro mostró a Feliciana un hombre obeso y cejudo que en la puerta de su tienda enseñaba unas planchas pintadas en cobre a dos señoras extranjeras. Aquel era su tío; debían pasar sin saludarlo, no creyera que iban a pedirle algo.

Permanecieron más de una hora en la tienda de los hijos del Ingeniero. Maltrana reconoció que sus primos eran unos judíos, como decía el padre, sin alegría, sin afectos, cual si tuviesen cegada el alma por el polvo amontonado en el establecimiento. Le hablaban con seriedad recelosa, temiendo que apelase al parentesco para no pagar.