—Vivimos mal, Feli—decía—. ¿Crees tú que estoy satisfecho de la existencia que te ofrezco?... Ahora podemos sufrirlo todo porque somos jóvenes, porque nos amamos. Tenemos la salsa que hace chuparse los dedos con el plato más insípido: la alegría y el amor...
—Yo estoy bien, nene. Quisiera quedarme para siempre así... con la cabecita en tu hombro... y dormirme... y no despertar nunca.
—Pues yo deseo más. Yo quiero darte criada y un cuarto mejor, y que vistas como una señora, y vayas al teatro, y algún día la gente te salude, y digan todos: «Ahí va la mujer de Isidro», y hasta en los periódicos se hable de «la bellísima señora de Maltrana».
Feli rió como una niña.
—Pero ¡qué tonto!... ¡Qué cosas tan superficiales deseas! Lo que importa es quererse. La gente que se arregle como pueda; que diga lo que mejor le plazca.
Maltrana quedó largo rato pensativo. Sentía el entusiasmo, la fe en el porvenir, los ensueños de ambición que acompañaban todos sus momentos de bienestar físico.
—Empezamos mal, Feli; con grandes necesidades, como todos los que subieron muy alto... Tú no te das cuenta de adónde podemos llegar. Me quieres, pero ignoras en realidad quién es tu Isidro. Hasta el presente he luchado con la mala suerte; pero tú me traes la Fortuna. Trabajaré, escribiré mucho: tengo ahora una fuerza, un vigor para el trabajo, que no había conocido nunca. La gente acabará por fijarse en Maltrana, por ver en él un gran escritor, un talento extraordinario.
—¡Quién lo duda, bobito!—exclamó Feli—. Tú tienes mucho talento: eso lo he dicho yo desde que te conocí. Deja que te bese esa frente donde guardas tu talentazo; deja que te acaricie con los labios ese almacén de donde sacas tus cosas bonitas.
Oprimía entre sus brazos la cabeza del amante, la besaba enardecida, como si quisiera morder su frente enorme y rugosa.
Maltrana, después de desasirse, continuó con entusiasmo: