—Me dedicaré a la política; quiero que seas una gran señora, y en este país no hay camino mejor para subir aprisa. Yo llevo dentro algo. El día que me conozcan, impondré respeto. Seré director de periódico, seré diputado... ¡Llegaré a ministro, Feli, y tú serás mi mujer, la esposa de Su Excelencia!...

El joven hablaba con la fe de todos los humildes de alguna imaginación, que hasta en los momentos de mayor angustia se sienten tocados por las alas de oro de la Quimera y creen que en el porvenir les aguardan inmóviles la riqueza o la fortuna política para que las tomen con sus manos.

Feli reía con entusiasmo infantil, no sintiendo la menor duda acerca de las esperanzas de su amante, creyendo que estos ensueños podían realizarse al día siguiente.

—¡Yo, ministra!—exclamó—. ¡Y tendré coches, y los lacayos se me quitarán la chistera con galones dorados, y mi tío el Federal se quedará con un palmo de boca abierta cuando pase en carretela por la Puerta del Sol, frente a su oficina!... ¡Y tú irás a Palacio y te tratarás con las grandes damas, y...!

El rostro de Feli pareció entenebrecerse. Apretó los labios, le brillaron los ojos, y dijo con enfurruñamiento:

—No; tú no serás ministro; no quiero que lo seas, no me da la gana, ¿lo entiendes, Isidro?... Dime que no lo aceptarás aunque te lo ofrezcan; dimelo, o reñimos... El mundo está lleno de tentaciones, y ¡no digo nada si acudirían las señoronas al ver a este feo, que habla como los propios ángeles y tiene tanto talento, vestido de general, con una casaca de esas que tienen la pechera bordada de ojos!... ¡lo mismo que las moscas a la miel! ¡Ojo, señorito! Yo tengo mucho quinqué, y adivino las cosas. No serás ministro, no. Dime en seguida que no lo serás, o te pego.

Se incorporaba sobre las rodillas de Isidro, y fingiendo furor, abofeteábale con su blanca manecita. Después, pareciéndole poco este castigo, metía sus dedos en la crespa cabellera del joven, tirando sin compasión de los mechones.

—No, no lo seré—exclamó Maltrana—. Presento la dimisión de la cartera; crisis total. Pero ¡déjame el pelo, niña, que me haces daño!

—Está bien—dijo Feli más tranquila—. Te dejo, pero ¡cuidadito con faltarme a la palabra!... Lo que deseo es que algún día vivamos como esos matrimonios que no tienen que rabiar por el puchero, que envían sus lujos a un colegio, tienen su buena casa allá en el barrio de Salamanca, salen a paseo juntos, y los días que hace mal tiempo se dan una vueltecita en coche, muy apegadizos, con los vidrios levantados. ¿Puede ser esto, Isidrín?... Tú escribirás mucho; escribe cuanto quieras: yo no he de enfadarme por eso. Pero sin cansarte, ¿eh? Cuando te canses, lo dejas; no quiero que se me pongan enfermos estos ojitos tan monos.

Y besaba los ojos de Maltrana delicadamente, como si temiera lastimarlos con sus labios.