Maltrana desechó todo preámbulo. Pasaba el tiempo; Zaratustra no tardaría en volver, y él deseaba hablar a solas con la anciana.

—Abuela, para ahorrar palabras—dijo con gravedad—: voy a pegarme un tiro, y antes he querido verla, despedirme de usted para siempre.

La vieja se persignó. ¡Alabado sea el Señor! ¿Pero se había vuelto loco? ¿Qué le pasaba, para decir tales disparates?... Con ojos de asombro escuchó al nieto, que relataba sus miserias. Ni dinero ni casa, y la pobre compañera enferma, sin otra esperanza que dar a luz su hijo en medio de la calle.

La Mariposa repetía con tono estupefacto:

—¡Y yo que te creía con posibles, Isidrín!... ¡Y yo que me figuraba que ganabas el oro y el moro escribiendo en los papeles!...

Pero su asombro no fue de larga duración. Pareció reflexionar, replegarse, achicándose dentro de las ropas, como un caracol medroso que se refugia en su cáscara.

—¡Ay, Señor!—gemía—. ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Qué miserias! Una, metida aquí, no sabe nada... ¡Y qué vamos a hacer, Isidrín! ¡qué vamos a hacer!...

Luego, adivinando lo que el nieto parecía decirle con la mirada, continuó entre gimoteos:

—Los tesoros de la reina de España quisiera tener yo, para dártelos. Pero soy pobre, más pobre que las ratas. El tío Polo se ha metido en la mollera que tengo mi gato oculto, y apenas ahorro dos pesetas, me las saca, y cuando no las tengo, me pega. Si una no estuviese hecha a todo, sería caso de morirse.

Maltrana, influido por los comentarios de la gente, que afirmaba la riqueza de la tía Mariposa, creía percibir en sus palabras una hipócrita falsedad.