La Mariposa rió con una expresión de bruja burlona.

—¡Mi tesoro! ¡Ya salió mi tesoro! ¿También tú vienes por él?... Te han engañado, Isidrín; mil veces te lo he dicho. No hay tal tesoro: mentiras de la gente... Soy una pobre.

Pero el orgullo de su avaricia no le permitía disimular. Se le escapaba una sonrisa de satisfacción, denunciando la certeza del tesoro y su propósito de defenderlo contra todos.

—¡Abuela!—gritó Maltrana—. No lo haga usted por ella ni por mí, ya que no nos quiere. Pero hágalo por el que va a venir.

Intentó enternecer a la Mariposa hablándola de su futuro hijo, de aquel pequeñín, que sería como una extraordinaria prolongación de la existencia de la anciana. ¡Tendría un biznieto! Pocas mujeres lograban ver su descendencia hasta tal límite. ¿Y sería capaz de dejar en el abandono a la tierna criatura?...

El instinto de la familia despertó en la avara. Volvió a gemir, a llevarse el delantal a los ojos, pero sin moverse, sin acceder a las súplicas de su nieto.

—¡Desgraciado!—murmuraba—. ¡Eres muy desgraciado!... Y toda la culpa la tuvo tu madre, por su empeño en huir del barrio... ¡Cuánto mejor hubiese sido para todos seguir en el oficio!

Maltrana hizo un movimiento de impaciencia. ¿Qué tenía que ver su pobre madre en lo de ahora?... ¿Quería ayudarle, sí o no?...

La vieja siguió gimoteando, sin contestar, y el joven púsose de pie con ademán resuelto.

—Adiós, abuela. Quédese usted con lo suyo. Ya sé lo que debo hacer.