A la caída de la tarde iban llegando las mujeres, cansadas de todo un día de correteo por Madrid. Los estómagos vacíos estremecíanse al aproximarse estos mensajeros de la abundancia. Reconocíanlas los gitanos apenas llegaban a la cuesta de las Cambroneras.
—Por allí vienen la Buchichi y la Pique—decían los que jugaban a los bolos, avisando a los maridos.
Y tras éstas aparecían la Clavellina, la Cortezona, la Pote, la Pelela y las Chirrinas. Estas eran las más guapas, y tenían fama de hábiles para traer a casa buen botín. Payo que cogían, lo jonjababan en un momento. Únicamente podía compararse con ellas la Culo de corcho, una gitana obesa, de ojos pequeños como si estuviesen cosidos, y gran ligereza de manos, que en un santiamén hacía desaparecer bajo sus sayas todo objeto que podía chorar.
Los hombres salían a su encuentro. El portalón de la calle de los gitanos vomitaba grupos y grupos de sucios chiquillos, que habían pasado el día cantando a coro, repicando las castañuelas y tomando lecciones de baile para entretener el hambre.
-¿Qué traes?—preguntaba el gitano a su mujer, estirando los miembros entumecidos por el descanso, subiéndose la faja con ambas manos y atusándose las greñas que le tapaban las orejas.
Si la expedición había sido fructuosa, pavoneábase la gitana con orgullo.
-¡Arza pa alante, esgalichao! ¡Menúo callardó vais a mamaros tú y los churumbeles!...
Encendían fuego en su covacha, preparando, ante todo, el chocolate, dejando para después el guisoteo de la cena. En otras casas se prescindía por completo de la sartén, no queriendo, después de un día de hambre, otro alimento que el callardó. Era el lujo de la raza, el nutritivo de los ricos, y toda la familia, puesta en cuclillas en torno de la hoguera, contemplaba absorta el hervir del puchero lleno de chocolate.
Si la mujer había juntado un duro con sus trapacerías y rapiñas, empleaba casi toda la cantidad en tablillas de la preciada pasta. La familia sorbía con delectación el chocolate líquido, y lo mascaba crudo como si mascase pan. El amargo perfume esparcíase en las casas inmediatas, despertando envidias. La chiquillería asomábase con ávidos ojos, y corría después a dar cuenta a sus madres de este banquete de reyes:
—Mi dai: en casa del Mochuelo toman callardó. Dicen que han hecho un buen chambo.