Y las madres suspiraban con envidia. ¡Qué suerte la de algunas gentes!
En otras casas sonaban gritos desesperados, estrépito de lucha, golpes en las paredes. Se abría una puerta, y sacaba su cabeza desmelenada una mujer con gesto de espanto.
—¡Favó al rey!... ¡Que me mata mi Enrique!... ¡Que me desloma, que me jase peazos porque no he traío na!
Seguía vociferando con la cabeza fuera de la puerta y el cuerpo dentro de casa, sin moverse, para que el gitano pudiera apalearla sin gran molestia. Nadie prestaba atención a estos gritos: era lo de todos los días. La que vagaba por Madrid, sin traer nada, tenía por segura la paliza. Era una exigencia de las buenas costumbres, una tradición venerable: todas ellas habían visto lo mismo en la casa paterna.
Cerrada ya la noche, Pepe el cobrador iba de tabuco en tabuco con su talonario. En unas casas encontraba al hombre sentado en un rincón, con aspecto enfurruñado, y a la mujer tendida en el suelo.
—Pasa de largo, Joselillo—gemía la gitana—. Hoy no puedo darte el real: no he ganado nada. ¡Mira cómo me ha puesto el cuerpo ese bruto!
Y señalaba al marido, que permanecía impasible, con la tranquilidad del que cumple su deber.
El hogar estaba apagado, y la banda de chiquillos, convencida de que en casa no encontraría un mendrugo, seguía repicando las castañuelas en la calle—tra la la la—, pasando y repasando ante las puertas que olían a chocolate, con la esperanza de alcanzar algunas sopas.
El cobrador, en otros sitios, notaba la precipitación con que la familia ocultaba su abundancia. El fogón sólo tenía algunas ascuas; los cacharros, sucios de chocolate, estaban ocultos en el rollo de las colchonetas. La más vieja de la familia le tendía algunas monedas entre suspiros de desaliento.
—Toma, Joselillo, una plañí—decía—. No tenemos más; te debo dos reales, que te daré mañana. ¡Ay! ¡Estamos muertecitos de jambre!...