—Por na, señor—gimoteaban—. Un acaloramiento. Llevaban la churí en la faja, y al faltarles, pues... pincharon. Su mersé debe tener buenas influencias... Vea de sarcarles un indulto, o que los pasen a un presidio mejor.

Estas gentes de viva imaginación, que vivían en perpetuo embuste, habían creado una leyenda halagadora en torno de aquella señorita tan buena, tan laboriosa, que permanecía horas enteras tras los vidrios, con los ojos bajos, lo mismo que una virgencita en su altar. Los grupos de gitanillas haraposas, en sus pasacalles por el barrio, acompañadas del repiqueteo de los palillos, deteníanse al pie de la ventana y cantaban a la que era por antonomasia «la señorita». Feli veía el grupo de cabecitas greñudas con ojos de brasa y tez de cobre, las bocas abiertas por el canto, mostrando sus paladares de un rosa obscuro y los agudos dientes de nítida limpidez. La joven saludábalas con dulce sonrisa, y todas ellas prorrumpían en formidable griterío.

—¡Danos argo, señorita!... ¡Échanos manque sea un beso, resalá!

Y hablaban entre ellas de lo que habían oído a sus madres. La «señorita» era hija de un personaje muy rico, de un marqués o algo semejante; pero como no la dejaba casarse con don Isidro, había huido con él, y los dos pasaban jambre, y ella trabajaba para su hombre, como lo hacen todas las mujeres honrás; lo mismo que si fuese una buena gitana.

Esta laboriosidad por mantener al macho y las novelas que circulaban sobre su alto origen atraían con curioseo irresistible a las hembras de las Cambroneras.

La primera en introducirse en la casa fue la Teodora, la vieja de mayor prestigio del barrio: un dechado de sabiduría, respetada hasta por los hombres. Era viuda; iba vestida de luto, con gitanesca exageración, pues hasta por encima del cruce del pañuelo se veía el borde de su camisa de percalina negra.

Sin marido que le ganase, ni otra fortuna aparente que tres caballerías de un hijo suyo, era la hembra de más dinero de las Cambroneras, y su casa la mejor. Tenía en ella unas cuantas silletas para sentarse y las hollinadas paredes adornábalas con papel recortado del que se emplea en los vasares de las cocinas, formando multicolores tapices, que daban a su tabuco un sabor oriental, en armonía con la cara obscura de los habitantes.

La Teodora era la mujer más sabia de su raza. Servía de médico a los hombres, de comadrona a las mujeres y de castañeadora a las mocitas que iban a casarse. No había virginidad gitana que no pasase por sus manos antes del matrimonio, para que certificara su integridad. Los payos del barrio la llamaban con sorna «la madre de las vírgenes».

Se introdujo en la casa de Isidro con pretexto del embarazo de Feli. Ella sabía más de esto que todos los médicos juntos; y después de mirar largamente el abultado abdomen, contrayendo los ojos y sacando los arrugados labios en forma de trompeta, dijo con certeza:

—Va a ser una churumbela más grasiosa y requetesalá que su propia mare. Dende aquí la veo.